Apple se libera de Jonny Ive (por fin)

Sé que para mucho nostálgicos (esto con Jobs no pasaría) el titular es poco menos que una bofetada, porque Jonny Ive debería estar en el altar de Apple y ser adorado como el hijo predilecto del padre fundador.

Una vez desaparecido Steve Jobs, parecería que había nombrado a Jonathan su representante en la tierra, convirtiéndolo en una especie de vaca sagrada intocable en la que, como mucho, se puede escarbar en sus excrementos para interpretar los designios.

Sin embargo, Jonathan, como Jobs, como Schiller, como Fadell, como Forstall, pertenece a la generación que levantó Apple de sus cenizas, reconstruyó la empresa, creó productos icónicos que la han convertido en la más valorada, la más valiosa, la más poderosa, y una ristra casi infinita de “la más…” y que no necesariamente son los mejores para esta nueva etapa plagada de minas regulatorias, competencia feroz y expansión en nuevos territorios.

El manierismo de Ive

Lo que comenzó siendo una bendición revolucionaria (el producto tiene que ser fiel a si mismo) y una atención al detalle en todos los aspectos del diseño de un producto que nadie en la industria -se podría decir que en ninguna industria- estaba prestando (iteraciones que simplificaban y aclaraban la función a través de la forma, haciendo que parecieran, palabra de Ive, inevitables) hizo que Apple volviera a ocupar un lugar prominente en la mente del consumidor de electrónica, puesto que ya no ha abandonado.

Jonathan Ive y Marc Newson

Pero a medida que los éxitos -y la fama, y el poder- se sucedían, la estética empezó a superar a la función. Así, hemos tenido tipografías de difícil lectura, los peores teclados de la historia de Apple, ha desaparecido el color del sistema operativo, dejándonos en un mar de grises (como por ejemplo en la barra de menús)…

Decisiones discutibles -e inalterables, que limitan las opciones y las preferencias de los usuarios, cuya razón última para su adopción era “Jonathan dice que tiene que ser así”. ¿Sería peor seguir teniendo colores que ayuden a diferenciar unos elementos de otros? No. Es igual de bueno o de malo, según las preferencia de cada uno.

Pero al final la estética de Ive se convirtió en tiranía. Y ya no había nadie -ya no había un Jobs- que tuviera la autoridad para decirle “no me convence”. Porque la historia se cuenta como una maravillosa relación en la que Steve y Jonathan caminan juntos mientras el sol se pone y hablan del fin último de esto o aquello, retroalimentándose en la “fragilidad de las ideas” y poco menos vendiendo la idea de que en esas conversaciones sólo salían cosas buenas.

Pero, Steve Jobs dixit, lo más difícil de dirigir es decir “no” a una idea. Y seguro que muchas veces Steve Jobs le dijo a Ive “ahí te has pasado”, “me parece que eso no es correcto”, o “no lo entiendo, déjalo como estaba”.

Claramente el tito Cook no tiene los galones para desdecir lo que dijera Ive, y ninguno de los directores (los Federighi, Joswiak, etc.) que quedan en el puesto se van a enfrentar a muerte con Jonathan por un quítame allá esa curva redondeada.

Qué hace una empresa cuando tiene un divo

Así que, desparecido /y llorado/ su mentor, compañero, amigo, inspirador y motor Jobs, Jonathan Ive se ve elevado a los más altos rangos de la empresa. Ya maneja el hardware y el software, le han nombrado Sir, acude a las fiestas de moda y diseña productos únicos para que se subasten.

Por un lado en la empresa tiene ocuparse de muchas, muchas, muchas miren*s que no le importan una ídem, dirigir los esfuerzos de gentes a las que no conoce y con las que no se identifica (no olvidemos que su equipo lo formaban menos de diez personas) y cada vez tiene que perder más tiempo en reuniones de gestión, coordinación, previsión, revisión, … en fin, la asquerosa y deprimente vida del manager, con la que un artista* (que es en lo que se había convertido Ive, abandonando su papel de diseñador) jamás querría mancharse las manos.

En sus ratos libres se ocupa de las cosas que de verdad le interesan: diseña “caprichos”. Cosas por encargo que no suponen presiones de fabricación, ni costes, ni ataduras. Por fin es libre. Es un artista.

*Sobre ser un artista o un diseñador. Para los que no entiendan la diferencia: el artista crea para si mismo. Busca satisfacer su necesidad de sacar lo que tiene dentro. El diseñador resuelve un problema -si eres bueno lo resuelves bien. Si eres malo, lo empeoras.

Así que cada vez le gusta más lo que hace fuera y menos lo que hace en Apple.

Para colmo, ninguno de los proyectos que podrían mantenerle entretenido tiene una fecha próxima de lanzamiento, por lo que su implicación en estos momentos en remota, más allá de unidades prototipo para albergar la tecnología -que todavía tendrá que cambiar mucho hasta que alcance su nivel definitivo- y conversaciones filosóficas sobre si debe ser así o asá.

Una vez más, seguramente Jonathan echaba mucho de menos que no hubiera alguien a su altura con quien discutir y evolucionar las ideas desde el punto de vista teórico.

¿El coche? Sin fecha. ¿Las gafas de realidad virtual o aumentada? sin fecha. ¿Nuevos wearables? sin fecha…

“¿Qué me queda?” se rumorea que murmuraba por los pasillos de Apple Park “¿rediseñar otra vez los AirPods?” Volver a su despacho y hojear frenéticamente los catálogos de nuevos materiales intentando encontrar alguno que le permitiese hacer algo que pudiera presentarse como innovador…

Mientras tanto, en el mundo real…

La tropa sigue diseñando y produciendo los productos que hacen que el universo Apple (mucho más grande que el de Marvel) siga arrojando carretillas de millones a la cuenta bancaria, que a su vez permiten financiar la melancolía de Jonathan.

Jony Ive Alan Dye Evans Hankey

Apple ya no es una startup lanzando productos innovadores. Sigue innovando pero no piensa crear disrupción en nuevos mercados durante varios años. Los servicios -la nueva categoría en la que Apple se está expandiendo bajo la tutela de Cook- no requieren de sus servicios. ¿Diseñar una tarjeta de crédito? Hecho en una tarde.

Seguro que Apple puede encontrar mejores gestores y Jonathan Ive mejor uso de su tiempo. La conclusión está clara: Jonathan Ive es un problema, un estorbo. Ralentiza decisiones innecesariamente obsesionándose porque la distancia entre dos letras no es la correcta, o que el color azul del nuevo teléfono no le acaba de satisfacer.

Ive tiene que irse…

¿Cómo lo presentamos?

Una vez la decisión está tomada, hay que pensar en como se presenta ante la opinión pública para no alienar a los fans, ni darle gasolina a los haters.

A pesar de todo, Ive es un hombre de Apple. Apple le ha hecho lo que es, y a Apple le debe todo lo que será. Nunca querría nada malo para la compañía.

Qué lejos quedan aquellos meses en los que se rumoreaba que podía ser el nuevo CEO de Apple, aunque siente un enorme alivio de que no se hicieran reales, ahora que ha probado la amargura de ser director/gestor. No es lo suyo.

Prefiere pasar sus tardes entre planos y máquinas de fabricación, generando piezas y productos para analizarlos y ver en qué se pueden mejorar, a ser posible sin límite de dinero ni de tiempo.

“Me quiero ir” le dice Jon a Tim. “Queremos que te vayas” le dice Tim a Jon. Escoge la versión que prefieras.

“No necesitas trabajar, pero me parece bien que montes un estudio -siempre habrá alguien que quiera asociar su marca a tu nombre- y nosotros te lo financiaremos para que tengas tiempo de encontrar clientes, formar equipo y establecer tu marca” le dice el consejo “¿Cuánto crees que necesitarás para que todo esto parezca una evolución natural de tu carrera?”

Jonathan, que nunca es, ni será gestor, no había pensado en eso. Así que, con su afición por las esquinas redondeadas y redondas, dice una cifra: “con cien millones de dólares me apaño”.

“Perfecto, los abogados prepararán los papeles y ponemos a los de relaciones públicas a preparar la historia para que sea digerible por los medios.

Lo repartiremos en tres años y diremos que vas a seguir siendo consultor para Apple, asesorándonos en productos concretos. De esta forma puedes rematar lo que tienes en marcha y una vez lo hayas liquidado serás libre… (y nosotros también).”

Pasados los tres años del acuerdo, Apple y Jon Ive (a través de su estudio LoveFrom), han decidido no renovar el acuerdo de consultoría.

Apple es libre (y Jony también)

Entiéndeme. Jonathan Ive es responsable en buena medida de que Apple esté donde está hoy. Su forma de entender el diseño y su acertada medida de la cantidad de riesgo que se podía asumir para ser diferente sin generar rechazo o convertirse en una parodia separó instantáneamente a Apple del pelotón de los fabricantes de ordenadores. Un barco grande y superpoblado que lenta pero inexorablemente se va hundiendo, arrastrando a todos con él.

Pero Apple ya no necesita un supervisor que le dé el aprobado a ideas o diseños. Los que trabajan en Apple, y que anteriormente eran sus subordinados, están más que preparados para el reto de los próximos diez años, y no tienen la urgencia de tener que dejar su impronta en cada producto, para que la gente diga “mira, esto lo ha diseñado Jon Ive”.

Seguramente ninguno de los diseñadores presentes (y futuros) de Apple volverán a ser nombrados Sir, pero probablemente tampoco lo necesitan. Con que su empresa siga cambiando el mundo, un producto cada vez, son felices.

Apple, igual que cuando estaba Ive, cometerá errores (va por ti, HomePod) y tendrá que rectificar el curso, eliminar productos, o alterar los precios. Pero al menos ahora puede ser dueña de sus errores, sin tener a un exasperante asesor externo diciendo en cada ocasión “Jonathan Ive no lo haría así” (si, ya le hago hablar de si mismo en tercera persona).

Así que, aunque hoy levantemos la copa en agradecimiento hacia Ive, deseándole que pueda demostrar que fuera de Apple también puede cambiar el mundo (aunque sea trabajando para Lenovo o Toshiba), también la levantamos porque hoy Apple es libre -finalmente- para seguir su propio camino sin tener que estar sujeto a la aprobación del “sucesor de Steve Jobs” y eso, lo mires como lo mires, es una buena noticia.

Alf

Propietario de www.faq-mac.com.

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