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[Diez días de verano] Confinados hasta la muerte

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Todo el que ha visitado una residencia de ancianos sabe lo que hay allí dentro. Ancianos con la mirada perdida, la esperanza olvidada, la soledad sentada sobre su alma, aparcados allí muchas veces porque les convencieron de era mejor para ellos. Muertos en vida.

Si les das un poco de conversación empezarán a hablar con cariño indeleble de sus familiares: sus hijos, que viven en otra parte y les cuesta mucho ir, sus hermanas o hermanos, que están en otras residencias o que están impedidos para visitarles, y -por supuesto- los que ya les han dejado, amigos, esposos, esposas, que sólo se les adelantado un poco y a los que esperan ver -para volver a ser felices.

Porque cuando entras en una residencia lo que enseguida percibes es esa soledad infinita e indefinida que ocupa todo el espacio, desplazando incluso al oxígeno. Vayas donde vayas, sientes el frio, la oscuridad, el ostracismo de almas atrapadas en una realidad que las rechaza.

Por supuesto que necesitan muy poco para volver a lucir, una palabra, una frase, una canción, y de repente recuerdan lo que significa que le importes a alguien. Que haya personas que quieren escuchar tu historia (en muchos casos tremendas e interesantes historias), que alguien te sonría, te coja la mano, te ayude a llegar hasta el comedor…

El confinamiento nos dio a todos una mínima ración de lo que viven nuestros mayores (los que han sobrevivido) cada día, durante años, algunos décadas. Ya sabemos lo que es estar limitados a unas pocas habitaciones, a no ver ninguna cara amiga, a no volver a hablar con nadie que nos conociera antes de ese encierro.

Y nosotros estamos válidos, comiendo de todo, con todas las comodidades. Y aún así nos ha parecido angustioso, de pesadilla, surrealista… no podíamos contener las ganas de volver a encontrarnos unos con otros.

Desgraciadamente, para miles de ancianos, el confinamiento llegó hace años, pero encima arrancados de sus recuerdos, de todo aquello que significaba algo para ellos.

Allí siguen, sentados en esas mismas sillas, preguntándose si aquellos que les quieren se acordarán alguna vez de ellos. Si se enterarán el día que se mueran o si, como han acabado su vida, lo harán solos…

Ojalá el confinamiento haya ablandado algunos corazones que dejaron a sus mayores como si fueran un estorbo, un juguete roto que les impedía ser felices. Nadie nos merecemos eso, y menos ellos.


Si quieres leer mi reflexión cuando mis padres cogieron el coronavirus, está aquí.

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