Seguramente has escuchado esta frase. A mi me encantó cuando la encontré y por eso me la apunté para estos días de verano. Tal y como yo la leo, tiene varios «metasignificados»
Por un lado está el «literal» es decir, no sabemos mucho de nada, pero si un poco de todo, siempre en formación, siempre queriendo aprender, siempre buscando personas y conversaciones interesantes.
Ese es un detalle profundamente personal, que viene de mi adolescencia. Tengo un primo francamente introvertido (y probablemente antisocial -lo que no le ha impedido triunfar en la vida) que se pasaba los días y las noches encerrado en el ático de casa de sus padres leyendo y escuchando música.
Así que sabía mucho de muchas cosas (lo que le hacía insufrible) pero poco o nada de aquello que no le interesara, llegando incluso a despreciar los temas como banales, ininteresantes, o menores, solo por el hecho de que a él no le apetecían.
Aquel atisbo provocó un cambio sísmico en mi personalidad, que me determinó -y a día de hoy sigue vigente- a saber un poco de todo, con el objetivo de poder tener una charla con cualquier persona y poder hablar de lo que le interesara a él. Esto se aplica incluso a mis conocimientos de Apple o del Mac.
Por supuesto, no se de todo. Pero quiero saber. Esto significa que si conozco a alguien que trabaja en algo de lo que no tengo ni la más remota idea, mi cabeza se pone automáticamente en modo aprendizaje y empiezo a preguntar sin descanso para que me lo cuenten todo.
Esto a lo largo de mi carrera me ha reportado dos grandes ventajas: mis clientes sentían que de verdad me interesaba por su negocio y -con el tiempo y las conversaciones- acababa conociendo su negocio casi tan bien como ellos, pues añadía la perspectiva externa que muchas veces ellos habían perdido.
Tal vez por eso las entrevistas en podcast me hacen tan feliz. Me han dado la oportunidad de hablar con gente que trabaja en cosas que en mi vida me hubiera planteado investigar y preguntar y preguntar y preguntar hasta entender (¡y encima ellos tan contentos!).
Además, la frase del título tiene otra lectura, a nivel de rango. Albañil frente a Arquitecto. Currante frente a jefe. El plano frente a la vida real. Siempre he sido albañil, jamás arquitecto. Siempre he escuchado y permitido que me corrijan, valorando para cual de las personas (la otra o yo) era más importante tener razón.
Por supuesto si para mi es importante o estoy convencido de que tengo razón, lo defiendo como una pantera cabreada (siempre con educación) pero si ni fu ni fá, no tengo problema en dejar que se sientan «arquitectos».
¿Tu como te enfrentas a los problemas? ¿eres albañil o arquitecto?