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[Diez días de verano] Todo fluye

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De todas las reflexiones que he escrito en estos años, esta es probablemente la que más etérea tengo en la cabeza. Sé la idea general que quiero expresar, pero no sé si llegaré a plasmarla con eficacia como para que se me entienda. Allá va.

Una de las cosas que más me llaman la atención es que, en nuestra sociedad del aquí y ahora, todo se trata como apocalíptico, como el fin de los tiempos. No es extraño escuchar “el fin de una era”, “se cierra una etapa”, “nada volverá a ser como antes” y demás frases lapidarias que parecen incrustar un matiz de se ha roto y no se puede arreglar.

Parece que cualquier cambio, sea constitucional, social, o espiritual nos aboca a un vértigo desconocido que hay que evitar. Hay que intentar por todos los medios que las cosas se queden como están, porque… el cambio es malo.

En esto reconozco que me identifico plenamente (¡cómo no!) con las palabras de Steve Jobs: “para que lo nuevo progrese, lo viejo tiene que morir”.

Los que vivieron el Románico, el Barroco, la Ilustración, la Edad de piedra… sufrieron igual que nosotros ver cómo el mundo que conocían cambiaba radicalmente y se alejaba de lo que conocían. Pero sobre sus piedras levantamos nuestros edificios (bueno, salvo que ahora cada piedra antigua hay que protegerla sin importar si impide que el desarrollo de nuestra sociedad).

Ellos tuvieron que pasar para que nosotros pudiéramos estar hoy aquí -y sus dificultades no fueron menos difíciles -si me permites la expresión- que las nuestras.

Por supuesto que tenemos que pelear nuestro tiempo, defender nuestras creencias, intentar que prospere lo que creemos que es mejor para nosotros y para la sociedad en su conjunto.

Pero sólo somos una mínima muesca en el conjunto de la historia que ha sido y que será. Tenemos que pasar para que lo siguiente pueda llegar. Y tenemos que perder las batallas para que otros puedan pelear las suyas.

Probablemente te estés preguntando -si es que has llegado hasta aquí- ¿pero qué quieres decir con esto?

Sólo que tenemos que luchar por lo creemos, pero no somos la última verdad, lo definitivo, lo inmortal. Sólo somos piezas de un conjunto más grande (mucho más grande) del que no podemos comprender hacia dónde va.

Y por eso no te tienes que tomar las cosas a la tremenda. Vive con la conciencia de que eres un mero trabajador de la historia, como el cantero que puso cuatro piedras en una catedral, del que no conocemos nada. Pero su contribución fue necesaria para que se acabara el proyecto.

Tu único compromiso es intentar hacer tu trabajo lo mejor posible. Y hacer felices a los que te rodean. Lo demás, son distracciones.

¿Me explico?

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