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[Diez días de verano] Perdona, es el aire acondicionado

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Otra de las reflexiones que me deja la Covid 19 es un cambio -espero que permanente- en la tolerancia hacia las afecciones propias y extrañas.

Dentro del “buenismo” que nos caracteriza, hasta ahora cuando había alguien tosiendo a nuestro lado, nos miraba con cara culpable diciendo que la culpa “es del aire acondicionado”, que si entramos y salimos, que si sudamos y nos enfriamos… el repertorio de justificaciones para estar en un entorno cerrado contaminando todo y a todos es numeroso, y parece que lo único que podemos ofrecer es una mirada comprensiva y alguna frase de consuelo como si nosotros también estuviéramos tosiendo.

La pandemia nos ha derrumbado las barreras para llevar mascarillas en público y en privado. Tengo la ferviente esperanza que -a partir de ahora- cuando alguien empiece a toser rápidamente eche mano a la chaqueta, al bolso, al cajón de la mesa, y saque una mascarilla que se pondrá a partir de ese momento hasta que deje de tener síntomas.

¿Soy un iluso? es posible, y como no trabajo en una empresa tardaré tiempo en descubrirlo, pero espero que si no es la mascarilla, al menos al resto sí se les hayan quitado los prejuicios de reclamar que la use.

Porque, como ha pasado con el coronavirus, no sabemos lo que tenemos hasta que es demasiado tarde. Y aunque sea una mera irritación de garganta, estar tosiendo al aire que el resto de los compañeros respiran siempre me ha parecido una falta de respeto total y absoluta.

Ni que decir tiene que todas las empresas deberían incluir un depósito de mascarillas quirúrgicas en el botiquín, para que el trabajador pueda ir a pedirlas y proteger a sus camaradas.

Llámame optimista…

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