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[10 días de verano] Lavarme las manos

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Alf de faqmacEste fin de semana anduve, entre otras cosas, haciendo pequeñas chapuzas en casa. De esas que llevan esperando meses a que el ánimo y el tiempo disponible se pongan de acuerdo para hacer algo juntos. Las diversas chapuzas incluían taladradora, destornilladores, pegamentos, martillo… desmontar y volver a montar mobiliario, y dejarlo todo como si nadie hubiera trabajado ahí (sí, incluyendo trapo para quitar el polvo y fregona para el suelo). Después de volver a dejar todas las herramientas en su cajón correspondiente, me fui a lavar las manos. No sé por qué, pero mientras me las lavaba, extendí el frotamiento por las muñecas, hasta casi mediado el antebrazo. De repente retrocedí en el tiempo.

Mi abuelo tenía una fábrica de hielo. Lo sé, es posible que los más jóvenes nunca se hayan planteado qué mundo había antes de las neveras y los congeladores, un mundo en el que aquel que quería enfriar algo, o mantenerlo fresco, tenía que irse a una fábrica de hielo a comprar un cuarto de barra, o media barra de hielo que te tenías que llevar en el coche, envuelta en los propios trapos que uno llevase.

FTuche clip image015Nosotros mirábamos embobados aquel robot prehistórico, funcionando en semipenumbra que cada pocos minutos escupía un batería de barras de hielo. Si había clientes, se cortaban sobre la marcha. Si no, se guardaban en una cámara a la espera de demanda. Si había poca gente (y mi abuelo estaba de humor, que no era frecuente) y tras mucho insistir, nos dejaban cortar un trozo de hielo, algo que se hacía a base de picar y picar, mientras la cara, las manos, la ropa, quedaban escarchados por los trozos que se desprendían en el frenesí de cobrar la pieza. Las barras se desplazaban con unos garfios enormes, parecidos a los de la pesca mayor. En general, la fábrica de hielo era un sitio bastante tenebroso, con poca luz y con un ruido de máquinas que costaba acostumbrarse.

En el momento de mayor auge, mi abuelo tenía dos camiones (con sus conductores) que iban repartiendo hielo por empresas y naves. Cuando no estaban en ruta, permanecían allí aparcados, con su toldo echado y su sufrido suelo de madera. Cuando jugábamos al escondite meterse al fondo del camión era el escondite preferido, aunque lo hacíamos aterrorizados porque mi abuelo nos tenía prohibido subirnos, no fuera a ser que metieran hielo sin darse cuenta de que estábamos allí.

Así que, el que vencía el miedo a la oscuridad acababa saliendo rápidamente, tanto por el terror a que nunca lo encontraran como por si acaso el que lo hacía era el abuelo. Eran días de polvo, grasa, sudor…

Cuando acababa la jornada, y echábamos la puerta de hierro, cerrando hasta el día siguiente, el abuelo y yo íbamos a lavarnos las manos. Lavarse las manos para el abuelo era un ritual: subía las mangas de la camisa, se quitaba el reloj (uno que sólo daba la hora, ya ves qué desperdicio) y lo depositaba primorosamente en uno de los huecos del lavabo, no se fuera a caer (fue el primer y último reloj que llevó durante toda su vida). Cogía el jabón, abría el grifo y empezaba a darle vueltas entre sus manos huesudas. Mi abuelo siempre repetía mientras se untaba “No es más limpio el que más se lava, sino el que menos se ensucia”. Y frotaba sus manos minuciosamente, por fuera, por dentro, entre los dedos… incluso desplazaba el anillo de casado para asegurarse de que quedaba perfecto. Luego iba subiendo por los antebrazos, aunque a simple vista no estuvieran sucios. Luego cogía el limpiauñas. Seguro que hay muchos que nunca han visto uno, pero en aquellos tiempos (los auténticos de “hágalo usted mismo”) eran un complemento obligatorio en los baños. Junto con la piedra pómez para limar las asperezas. Aún recuerdo las cosquillas del limpiauñas y cómo frotábamos usando nuestras manos como zapatos, frotando y mirando, frotando y mirando, insistiendo si aún quedaban rastros de roña…

Cuando acababa, pasaba las manos por debajo del chorro, pasaba los brazos, cogía la toalla y se secaba, igual de a conciencia, y reconstruía su apariencia: abajo mangas, reloj en muñeca, atusado del pelo gris sobre las orejas y movilización hacia afuera para que pasara el siguiente (o sea, yo).

Por supuesto, hoy no se espera nada de esto de nosotros. Sólo levantar el capó del coche y ver la grasa en nuestras manos nos hace salir corriendo hacia unas toallitas (desechables) que nos quitan rápidamente cualquier señal de habernos “manchado las manos”. Sudar hoy no se considera la consecuencia natural de desarrollar trabajos físicos, sino una ordinariez suprema. Incluso si viene a casa el fontanero, o el revisor de la caldera, verle sudar nos hace mantener una distancia de seguridad, no vaya a ser contagioso.

Vivimos en una sociedad que ha desvalorizado tanto el trabajo personal que dejar traslucir que lo que haces te cuesta esfuerzo (excepto esos que van corriendo por las calles, al borde de la apoplejía, que están convencidos de que eso es bueno para su salud) automáticamente te rebaja a una clase inferior. La de aquellos que tienen que trabajar con sus manos para poder salir adelante.

A mi me gusta arreglar las cosas, no me importa mancharme (incluso no me importa mantenerme manchado si surge algo interesante o importante entre medias) y me gusta lavarme las manos, como recompensa por haber trabajado. Y además, recuerdo a mi abuelo.

Alf

Nota: foto tomada de Tuche.es

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4 Comentarios

  1. Anónimo 15 agosto, 2011

    Luego estan los pintores , escultores y diseñadores que hacen maquetas que hacen un poco de ambos ” mundos o trabajos ” o que acaban manchados muchas veces 🙂 , esto que hablas lo comento con un primo mio aveces

    saludos

  2. Anónimo 16 agosto, 2011

    Muy bonito post. Y tremendamente cierto.

    Un saludo.

  3. margotan 16 agosto, 2011

    Fantástico post. Mi abuelo era carpintero y su ritual se asemejaba mucho al descrito por ti. Todavía cuando entro en una carpintería y huelo a madera me vienen todos los recuerdos felices de mi infancia, veo trabajar a mi abuelo y las virutas y el polvo de la madera sobre todo lo que en ese momento estuviese en la carpintería.

    Saludos.

  4. Juan Tatay - silta 17 agosto, 2011

    Sobraba el desprecio a los que corremos (al borde de la apoplejía o no) … por poner algún pero 😉

    Abrazo. Namaste,
    silta – juan tatay

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