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[10 días de verano] Reconozco que me equivoco

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lo-siento-gatito.jpegEn general soy un profesional bastante bien considerado, con un nivel de experiencia y una autoridad reconocida no sólo en mi campo, sino en otros en los que mi punto de vista no deja de ser anecdótico -comparado con los auténticos expertos, claro- y aún así clientes, proveedores e incluso gente en general que a priori no tienen por qué pensar en mi, me llaman para escuchar lo que tengo que decir.

Esto -supongo que inevitablemente- me lleva a la complacencia, a mirarme con generosidad y a los demás con cierta condescendencia. Una y otra vez, mis opiniones son las mejores, las más certeras y las que cierran cualquier posible discusión, porque yo doy soluciones, no consejos. Cualquiera que intente argumentar sólo conseguirá que le vuelva a repetir el mismo argumento, sólo que esta vez con un poco menos de paciencia, una voz un poco más imponente y una actitud más agresiva. Es lo que tiene ser el mejor (en todo).

Por supuesto, eso es lo que a veces me pasa, y lo que veo que también les pasa a muchos otros. Estamos tan acostumbrados a nuestros palmeros, a que nos rían las gracias, nos feliciten por nuestro ingenio y desvaloricen el trabajo que hacen los que no opinan como nosotros que es extremadamente fácil que nos volvamos fatuos y vacuos, sin salir de nuestro castillo con nuestros cortesanos, porque, en cuanto ponemos un pié fuera, la realidad se encarga de recordarnos nuestra insignificancia.

Por esto que cada vez es más difícil encontrar gente que escuche más y hable menos. Es difícil que dejemos escapar las magníficas ocasiones que tenemos de mantener la boca cerrada, y nos empeñamos una y otra vez en estropear el silencio intentando imponer nuestros puntos de vista.

No estoy defendiendo la ocultación de nuestras opiniones en aras de una presunta armonía, mientras en su interior cada uno sigue convencido de que su verdad es la verdad verdadera (si me permitís la repetición). Intento transmitir la necesidad de abordar cada día, cada conversación, con la humildad necesaria para reconocer que somos falibles, que no lo sabemos todo y que incluso el más tonto, del que todo el mundo se ríe, de aquel con quien nunca se cuenta, incluso ése, puede enseñarnos cosas.

En diversas ocasiones he dado patinazos espectaculares al malinterpretar las señales no verbales de un camarada, o el contexto en que se producen determinados acontecimientos. Estos “cortocircuitos” me han dejado en evidencia, expuesto ante los demás, que veían con total nitidez mi metedura de pata, mi salto al vacío, o, incluso, mi ignorancia más supina del tema que se trataba.

Tengo que reconocer, ahora que nadie nos lee, que el acto inmediato de pedir perdón, de reconocer el error, el fallo o el desconocimiento, es uno de los actos que más fuerza de voluntad puedo rememorar ahora mismo, por todo lo que conlleva socialmente de reconocimiento de “inferioridad”, de “desventaja”, de “desvalimiento”, ante amigos, compañeros o incluso desconocidos. Pedir perdón en público, de una forma humilde, sincera y directa (sin intentar escamotear la realidad) es, casi, un acto heroico en nuestra sociedad, donde sólo se valoran triunfadores sin mácula, guerreros inflexibles e incansables que nunca dejen una cabeza por encima de la suya -con el tiempo, tal vez a la misma altura. Pero si no estás dispuesto a guerrear para conseguir el botín, ya sabes que serás otra víctima.

Y sin embargo, ese acto supremo de rendición, de humillación (por seguir con el símil caballeresco), de poner rodilla en tierra y reconocer ante el otro que somos débiles y tenemos que seguir aprendiendo, es -al mismo tiempo- uno de los actos más inmediatamente liberadores que he experimentado.

Es (al menos para mi) tremendamente difícil y vergonzoso, sí. Pero la sensación de que, al mismo tiempo que la carga caía sobre mi me la he sacudido y ha desaparecido, me hace sentirme reforzado, animado, y sobre todo, reconciliado con los demás, dispuesto a seguir en el equipo, trabajando por el bien común, y no sólo por el mío.

Caramba, ahora me siento mejor. Reconozco que me equivoco y pido perdón por ello.

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1 Comentario

  1. Anónimo 10 agosto, 2010

    Estupendo post, totalmente deacuerdo contigo (este es mi modo cortesano). Nunca se sabe de todo y siempre uno se equivoca.

    Encantado de que alguien mas piense como yo.

    Un saludo,

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