Koon.
Voy a contaros una historia que pasó una vez, hace mucho tiempo.
Todo comienza con esa calida sensación, con la emoción que tuvisteis al descubrir algo extraordinario.
Desde algo diminuto a algo inmenso, un leve suceso o algo tremendo puede variar el rumbo de nuestras vidas. Algo pasó para que Armando decidiera encerrarse en su casa, en su cuarto y no volviera a mediar palabra con nadie.
Cierto es, que era otra época, que ya había vivido muchas cosas. En realidad, nunca contó a nadie explícitamente el porqué decidió encerrarse en sí mismo.
Armando salía de su habitación en las horas de las comidas.
Sonreía o se mostraba serio entre plato y plato en la mesa con sus hermanos, pero no les habló nunca más.
A veces su hermana le ponía el salero en el otro extremo de la larga mesa, y cuando él señala el habitáculo de los granitos blancos, ella decía: “ dime Armandito, ¿qué quieres?”… él jamás cayó en esa treta y la sorprendía torciendo los ojos y haciendo muecas con sorna. “¡Qué no te entiendo…carajo!» -murmuraba finalmente, vencida-.
–“Déjale que sueñe con sus embargos, al casanova”, decía Lucía, su otra hermana.
“¡Este sólo sabe soñar con dólares…ponle los unos y ceros que guardas bajo el colchón delante y lo sacamos de su tumba!” – contestaba rápido Alberto-.
–“¡Ah! ¡El dinero de mi nicho, ni lo sueñen! ¡qué no se lo van a jugar al póquer!”.
Y así pasaron los años.
Pero, ¿qué había pasado para que Armando, un hombre alegre y jugador, se tornara mudo?
Armando era un hombre ordenado, siempre bien peinado, el bigote recortado, los rizos engominados. Antes, trabajaba en la bolsa, -decía él-, en realidad siempre sacaba dinero de aquí y allí, no se sabe como. Siempre vivió con sus dos hermanas y su hermano. Sus tres hermanos eran solteros. Armando tenia dos hijos y era viudo cuando pasó lo que pasó.
Sus hijos ya vivían fuera de la casa grande cuando Armando empezó su soliloquio.
Era Agosto, y Armando impecable salió de casa.
Armando tenía por costumbre salir con un rollo de papel higiénico y tirarlo como una serpentina al tejado de la casa del vecino. Así, cuando llegaba de madrugada, tenia pelotera animada asegurada.
Aquella mañana cálida también lo hizo. Tomó una granadina de desayuno y acudió a su cita misteriosa, esa. Hoy con botas de montar, sólo tuvimos ese dato y las habladurías, entonces y ahora.
No sé si vosotros leéis la prensa todos los días, pero deberíais leer los titulares y las noticias entrelíneas. Aquel día salió impreso un accidente aéreo de un avión de hélice, las noticias de la guerra de Europa… pero, en realidad ¿qué nos importa lo que pasó ese día?
Puede que le cortaran la lengua, pero no, ya que silencioso se la sacaba a menudo a su hermana. Puede que un susto lo dejara mudo, pero no, a veces se reía bajito. Puede que fuera una apuesta, o que se volviera loco, o que le diera un ataque en la calle y nadie lo supo… o tal vez vio pasar la suerte por delante. Cierto es que nadie de su familia lo investigó demasiado. Las cosas pasan y te acostumbras, se hacen rutina.
Yo no sé cual era el rumbo de la vida de Armando. Si ese rumbo cambió demasiado o no por quedarse auto silencioso.
Los primeros días del mutis de Armando fueron alarmantes. No salía de su habitación. No contestaba. Pensaron primero que se había ido de viaje y había dejado su habitación cerrada con llave, hasta que a los dos días… ¡salía humo bajo su puerta!. Echaron la puerta abajo y lo encontraron quemando su ropa.
Después de aquel suceso Armando no recibía visitas. Si llegaban, él se encerraba en su cuarto encerrado. Si se quedaban a cenar, él ayunaba. Si tocaban su puerta, el encendía la radio. Cuando insistían en exceso, él pasaba un papel bajo la puerta: “1001”, “está loquito perdido” –decía Lucía- “¡qué pena, qué pena!” y le dejaban. Muchas veces intentaron animarle a conversar, hasta que, con el paso de las semanas, se acostumbraron a sus extrañezas.
Sé que ese día, el que Armando se puso unas botas de montar, fue a visitar a uno de sus amigos, el Obispo, a la Iglesia.
“Dicen que Luciano puso el grito en el cielo cuando Armandito entró cabalgando hasta el altar donde daba misa” -contaba Alberto- “a saber en qué jodienda andará metido este chiflado, ¡qué escándalo, entrar galopando en otro mundo! Ya he cambiado de parroquia…”.
Armando murió seis años, un mes y siete días después de ese día.
Está enterrado en el nicho junto a Lucía, Dora, su hermana pequeña y Alberto, que fue el ultimo en fallecer.
Todos están en el 1001 de la calle de San Luis, en el nicho que compró Lucía en el cementerio de una gran ciudad, en la que ya no quedan apenas caballos.
No sé que impulsó a Armando a subir a ese caballo.
Sé que sus nietos y tataranietos le recuerdan por haberlo hecho.
Mañana leed la prensa, puede que descubráis la misma historia:
Todo comienza con esa calida sensación, con la emoción que tuvisteis al descubrir algo extraordinario, desde algo diminuto a algo inmenso…