El auge del documental

Después de la maravillosa Bowling for Colombine de Michael Moore, parece que el documental ha pasado al primer plano que le corresponde dentro del mundo del cine, ese espacio que le había sido arrebatado durante muchos años por la grandilocuencia de las vacías ficciones hollywoodienses…

Frente a excesos de efectos especiales como las dos deleznables secuelas de Matrix (no incluyo a la primera en esta clasificación, me parece una de las indiscutibles obras maestras de los últimos diez años), frente a esas orgías de fuegos artificiales, digo, es un placer visionar una obra sencilla, limpia, que se apoya sólo en imágenes, en testimonios, en evidencias mostradas con insobornable sentido crítico.

La función del artista, desde luego, no es ser crítico, es simplemente crear arte, pero el arte, si es auténtico, siempre ha resultado subversivo, porque la creación original se basa en la dinamitación de las normas establecidas. La creación es una búsqueda, un trabajo de minería en los subterráneos de la realidad para extraer los preciosos y extraños diamantes de lo esencial, lo puro, lo verdadero. Por eso me ha gustado tanto el trabajo de Michael Moore: por su sinceridad, por el back to basics que promueve a través de esas imágenes cámara en hombro, ese valor con el que penetra las convenciones, va más allá de lo evidente y llega a conclusiones absolutamente provocativas.

Hacer documentales es algo sencillo en apariencia: sólo se necesita una cámara, un mac y Final Cut. Reconozco que me compré el powerbook sólo porque me encantan los macintosh, pero mi idea en principio era utilizarlo únicamente para escribir, para navegar por internet y para visionar deuvedés. Pero tenía que ocurrir: nadie a quien le guste el cine puede dejar pasar la ocasión de hacer pinitos cuando se dispone de herramientas tan fáciles de utilizar como las que Apple comercializa, y poco a poco fui siguiendo los pasos de todo principiante.

Comencé con el Imovie, esa aplicación que envidian en secreto todos los usuarios de Windows, y con ella y las otras i-apps (Idvd e Itunes) conseguí montar varios videos domésticos llenos de transiciones espectaculares, efectos extrañísimos y bandas sonoras de las que a mí me gustan (lo reconozco: tengo debilidad por los Rolling Stones, por el soul americano, el blues y casi todo el rock ‘n roll).

La primera vez que organicé una proyección en mi casa (debería decir mejor “un visionado”), mis amigos ocuparon posiciones estratégicas cerca de la mesa de los panchitos y las patatas fritas, y cuando apagamos la luz, guardaron un silencio casi reverencial. En aquel primer montaje había decidido comenzar con un clip en negro de casi treinta segundos sobre el que se escuchaba la conversación de dos mujeres que cambiaban los pañales a un niño. El bebé, de pronto, defecaba con fuerza y las manchaba los brazos, el rostro y el pelo, y, aunque el espectador no podía verlo, los gritos de las dos mujeres hacían que la intensidad de lo imaginado superase, desde mi punto de vista, el posible y dudoso impacto de verlo directamente. Sin apartar la vista de la pantalla, escuché las carcajadas de mis amigos. Aparentemente la idea funcionaba.

Después de aquel primer video y de otros tres o cuatro trabajitos más me pasé al Final Cut, y ahí es donde empecé a entender la importancia del documental como género de este comienzo de siglo. Tengo que reconocer que si no hubiera sido por los mac, nunca me hubiera acercado a la edición de video, y mis aficiones seguirían siendo la música, la escritura, el sexo y los viajes. Pero de nuevo la sencillez de manejo de estos cacharros me sedujo, y poco a poco me fui introduciendo en el mundillo.

El documental, entendido de una forma expresiva y no periodística, es una manifestación artística tan polivalente que permite al mismo tiempo reflejar la realidad y trabajar creativamente sobre ella. Y ahí es donde reside su dificultad, es ahí donde deja de parecer algo sencillo para convertirse en una complicación enorme. Porque si grabar imágenes es algo que está al alcance de todo el mundo, en cambio seleccionarlas, cortarlas, editarlas y, sobre todo, montarlas, requiere tener una idea muy clara de lo que se quiere contar, una perspectiva global del proyecto, una intencionalidad que no debe quedar, tampoco, muy evidenciada, porque corrompería el necesario sesgo artístico.

El documental es el equivalente en imágenes a la novela de no ficción que popularizaron en literatura gente como Truman Capote, Norman Mailer o Emmanuel Carrère, o al famoso y algo pasado de moda nuevo periodismo de Tom Wolfe. Si partimos de la premisa de que la realidad supera ampliamente a la ficción –y eso es algo que ya casi nadie niega en este mundo globalizado-, entonces está claro que presentar esa realidad de una forma artística es una de las pocas salidas que van quedando. No es nuevo, ya digo, supongo que el proceso lo inició el mismísimo Marcel Proust con esa increíble y bellísima recuperación de la vida de En Busca del Tiempo Perdido, pero si se hace bien posee una fuerza de la que carecen otras ficciones (porque en el fondo todo es ficción, incluso la realidad cuando la contamos, deja de serlo para convertirse en nuestra realidad, nuestra visión, nuestra forma de entender la vida).

Decía Oscar Wilde que todo lo que no es autobiografía es plagio, y yo creo que ahí está precisamente la clave: cuando ese documental, esa pieza de la nueva narrativa, lo tamizamos por nuestro punto de vista, nuestras vivencias, nuestra perspectiva personal, lo estamos convirtiendo en una forma de arte, más allá de la mera exposición periodística de los hechos, más allá de la imitación, más allá del plagio que apuntaba irónicamente el irlandés. Lo bueno de programas como Final Cut o plataformas como Apple es que te permiten centrarte en la obra, en pulirla, en dotarla de matices y vértices, y olvidarte completamente del proceso de producción. Espero que disfrutemos durante mucho tiempo de estas nuevas formas narrativas, tanto en literatura como en cine.

Antonio López del Moral

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Anónimo
Anónimo
20 years ago

Magnífico. Después de ller esto me entra la tentación de ir a comprar inmediatamente una cámara de video digital. Me contengo porque sé que sería demasiado adictivo para mi y que, al menos de momento, no puedo permitírmelo. Pero me ha gustado mucho esta reflexión (y coincido en las referencias que mencionas)

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