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Como una película de cine en sesión continua

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Ya se que a estas alturas todos estamos llegando al nivel máximo de saturación sobre la información del Covid-19, pero no quería dejar de compartir con vosotros estos pensamientos, y -por supuesto- los comentarios abiertos para intercambiar lo que queráis.

No creo que me aleje mucho de la sensación generalizada si califico esta experiencia como surreal.

Es como estar en guerra, pero en vez de sonidos de aviones y bombas, una guerra de silencio, de aislamiento y soledad.

Hemos visto esto en el cine cientos de veces: un virus maligno que se escapa de un laboratorio (aquí no hay laboratorio, gracias a Dios) y se empieza a propagar de manera imparable.

Igualmente de manera fortuita, en esta ocasión el virus no es mortal de necesidad, pero por lo que dicen del comportamiento y naturaleza de los virus, perfectamente podría haberlo sido.

Así que nos podemos sentir aliviados de que esta vez sea una lotería y no una condena universal.

Probablemente lo que nos están vendiendo como quince días de aislamiento acabe siendo un mes o dos, hasta estar seguros de que el nivel de infectados es manejable, así que casi todos nos vamos a enfrentar a retos en la convivencia que nunca pensamos. Desde los habituales chistes sobre la pareja (he estado hablando un rato con ella y ¡resulta que es de mi misma ciudad!) hasta la relación con hijos o abuelos veinticuatro horas al día durante tantas semanas, van a ser necesario grandes dotes de negociación para establecer los momentos comunes y los privados, las conversaciones y el tono que deben tener, la colaboración en las tareas domésticas…

Esta vez todo es diferente, porque no hay donde ir, no hay intermedios, ni descansos.

Coronavirus a 16 de Marzo

Lo que empezó como una película de apocalipsis ha derivado en una variante de “El experimento” o, para los más contemporáneos, de Gran Hermano.

Un grupo de gente que se conoce en distintos grados -algunos incluso puede que no se conozcan de verdad en absoluto y otros puede que se aborrezcan, obligados a convivir durante un tiempo indefinido. Puede pasar de todo. ¡Aunque tengan sangre común!

Otro tema es el económico. Una cantidad ingente de hogares viven de ingresos semanales e incluso diarios: camareros, taxistas, limpiadoras, freelancers, mercerías, ferreterías, pescaderías…

Todos los negocios dependen de los ingresos mensuales. Por cada empresa con “músculo” económico para aguantar plantillas y gastos sin producir, hay miles de empresas que tendrán que cerrar, no temporalmente, sino permanentemente, porque no tienen manera de remontar el hoyo en que el parón económico les habrá sumido.

Apenas estábamos saliendo de una crisis que ha dejado los ahorros secos, y a duras penas se pueden pagar las deudas corrientes. Corta el suministro de ingresos y en pocas semanas habrá miles de familia en una pobreza extrema.

Me sorprende la lentitud del Gobierno en adoptar medidas que puedan aliviar y tranquilizar a la población. Si ha habido un momento para la acción, es este. Pero, como es habitual en gobiernos de cualquier signo, los ciudadanos son lo último.

Por qué la gente huye de las ciudades

Sé que en realidad todos conocemos la respuesta, pero aún así lo dejaré aquí escrito.

Las ciudades son, por naturaleza un medio hostil. Se trata de una estructura refractaria sobre la que hemos aprendido a establecer relaciones, tal vez incluso como medida compensatoria a esa inhumanidad del cemento y asfalto.

Cuando se lucha contra un enemigo, todos buscamos por instinto un entorno que nos haga sentir seguros, amados. ¿quién puede amar el apartamento dos del piso séptimo del número 75 de una calle? Es un ejemplo, pero espero que ilustre lo que quiero decir.

Ante el enemigo, si es invisible y puede matar -o dejar postrado en cama durante semanas- es entendible que la gente se vuelva hacia donde tiene recuerdos felices, memorias agradables, gente con la que se identifica.

Se trata de una respuesta instintiva. Ante lo desconocido a veces reaccionamos de manera irracional. Igual que en esta ocasión la irracionalidad se ha manifestado en la fijación por papel higiénico de baño, también se ha trasladado a la huida hacia un sitio más amable, incluso si eso supone poner en peligro todo aquello que querríamos preservar (si lo pensáramos con tranquilidad).

Está mal huir, porque supone aumentar las probabilidades de propagación a sitios que, sin nuestra presencia, tal vez hubieran estado a salvo, pero entiendo la motivación.

Que no mute

La icónica campaña de Benetton sobre el SIDA

Una de las cosas que tenemos que rezar es porque el virus se mantenga tal y como lo conocemos ahora. Si apareciera una variante (ni siquiera hace falta que sea peor) y tuviéramos que contener dos cepas distintas, todo se complicaría exponencialmente.

Las expectativas es que el 80% de la población acabará infectado, unos lo pasaran sin darse cuenta, otros con un poco de tos, a otros les dejara el sistema respiratorio defectuoso para el resto de su vida y otros morirán.

Una vez que contraes la infección, no hay droga que pueda matarla (hasta que haya una vacuna) y sólo queda esperar que pase.

Lo único que podemos hacer es mantenernos lejos unos de otros y lavarnos con frecuencia las manos (ya sea con jabón o con gel de alcohol) para intentar no propagarlo. De esta manera, puesto que casi todos vamos a tener que pasar por ello, cuando nos toque tendremos servicios hospitalarios capaces de atendernos como necesitemos.

Os deseo que no lo paséis, y que si lo tenéis que pasar que sea leve.

Nos seguimos leyendo

Nota: Sesión continua se denominaba a una forma de exhibición de películas, en la cual se proyectaba continuamente la misma cinta, de manera que podías entrar en cualquier momento al cine y te quedabas hasta “empalmar” con el punto en que comenzaste a ver.

Imágenes: Unplash, Benetton

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