Nuevas reflexiones sobre qué impulsa a la gente a jugar apostando dinero a través de internet.

Encontré este casino online por accidente, y me hizo preguntarme qué impulsa a la gente a jugar con su dinero en estos juegos de azar.

Me crié en un ambiente de bares y de juegos de cartas. 

Mi abuelo materno tenía un local arrendado a un bar, al que se podía acceder desde su propio jardín (tenía otra entrada por la calle, por supuesto).

Mi abuelo paterno tenía un bar en propiedad, donde había máquinas “pinball” y una zona trasera con mesas donde los habituales se reunían a jugar todas las tardes, al dominó o a las cartas, y ponían dinero que se llevaban los ganadores.

En mi familia, desde que éramos pequeños, nos reuníamos las tardes de verano, cuando caía el sol, a jugar eternas partidas a las siete y media o al cinquillo, y apostábamos con pesetas (la moneda española anterior al euro) o con duros (moneda de cinco pesetas, para los más jóvenes) y podías apostar sobre las cartas de otros, repartiendo las ganancias -o multiplicando las pérdidas, dependiendo de la suerte y de la pericia del jugador.

Así que entiendo perfectamente la excitación, la adrenalina y la satisfacción de ganar a la banca y a los compañeros de partida. De verdad que lo entiendo y de adolescente he disfrutado incontables tardes llevándome el bote de la partida, llenando el bolsillo de pesetas y duros.

Es decir, la satisfacción, el orgullo (vano) por haber ganado a la banca y derrotado a los compañeros de partida no está basada en la cantidad de dinero que ganas, sino en el hecho en sí de ganar.

Por esta misma razón me cuesta entender la mecánica que impulsa a la gente a jugar en la privacidad de sus dispositivos electrónicos, ya sea el teléfono, el tablet o el ordenador.

Para mi jugar con dinero es algo social, positivo, que añade “picante” al hecho festivo de reunirte con habituales, ya sean familiares y/o amigos a pasar la tarde echando una partida (se habla en singular, cuando en realidad se juega hasta que alguien se cansa, lo cual significa, habitualmente, varias partidas).

Siempre viví el juego como algo festivo, donde la perspectiva de ganar dinero añadía mayor interés y seriedad al propio juego.

Jugar en los dispositivos personales no sólo elimina de raíz todo lo social, lo festivo, sino que, de alguna manera, al hacerlo en privado, lo convierte en algo oculto, secreto, como si fuera algo de lo que no hay que hablar.

Yo nunca he vivido el juego como algo “sucio”, de lo que hubiera que avergonzarse. 

Incluso amigos que han jugado profesionalmente al póker hablan de ello con orgullo.

Puedo entender, y seguro que hay miles de casos así, que alguien en una población pequeña, sea un apasionado del póker y no tenga manera física de practicar o de medirse con competidores, y la posibilidad de hacerlo por internet les ha abierto unas posibilidades que antes eran inimaginables.

Pero igualmente hay miles de casos (en mi cabeza son la mayoría) que no quieren que su vecino, su hermano, su padre o su pareja sepan que realizan apuestas por internet.

Tal vez será porque no disfrutan de ello, porque hacerlo en línea le quita la mayor parte del disfrute original que experimentaron cuando eran pequeños y apostaban con sus amigos.

O tal vez no. Seguiré pensando en ello.

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