Siempre me ha llamado la atención la proliferación de páginas web que ofrecen simuladores de juegos de azar: casinos, bingos, tragaperras, etc.

Claro, la simulación es sólo del entorno, el dinero con el que se juega es real. Puedo entender que la privacidad del ordenador propio, alejado de ojos que te juzgan o de vecinos que te conocen te permiten disfrutar de una experiencia más completa, sumergirte en la ilusión del juego sin que nada ni nadie te saque de ella.

Por ejemplo, si visitamos un casino en línea, podremos ver que se ofrecen todo tipo de formas de jugar. Tiene un modo simulación (perfecto para familiarizarse con el juego) pero la verdadera historia está en registrarse y jugar con todas las consecuencias.

Sin embargo, esa misma experiencia intima que conseguimos en nuestro ordenador o teléfono móvil, es la misma que nos aísla y no hace perder el sentido del tiempo (y en  muchos casos del dinero que llevamos empleado).

Al fin y al cabo, ir al bingo, al casino, incluso a la taberna del pueblo a jugar la partida eran eventos sociales hace pocas décadas.

Las personas se vestían con sus mejores galas porque se iban a encontrar con el resto de sus vecinos. Se hablaba de negocios, se curioseaba quién iba con quién, se transmitían noticias… No podemos decir que lo de menos fuera jugar o ganar dinero.

El beneficio sin trabajo, el sentirse favorecido por la suerte, siempre ha jugado un papel muy importante en la imagen de las personas. Al que gana se le considera fuerte, al que pierde, débil. Incluso aunque las capacidades o habilidades personales no hayan tenido ninguna influencia en la ganancia, la imagen que uno tiene de si mismo o que los demás tienen de él, el día que gana, no tiene nada que ver con la del día que pierde.

No es extraño que el navegante cibernético prefiera en muchos casos la privacidad de su teléfono o de su ordenador, a la hora de jugar en línea, donde nadie sabe si pierde, y si gana, tiene el placer que proporciona el secreto de la procedencia de su liquidez.

Aún así, siempre me ha llamado la atención que, aunque todo el mundo conoce la expresión “la banca siempre gana” o “la casa siempre gana”, todos los jugadores llegan con la ilusión de que sean los otros los que pierdan y uno el que gana.

Es verdad que, en muchos casos, sólo necesitamos ganar una vez para reafirmar nuestra imagen de “ganadores”, mientras que por cien veces que perdamos es por culpa de la casa.

Como en todo, en el exceso está el peligro. Perder de vista cuánto dinero llevamos invertido en conseguir ganar, y cuanto tiempo podemos estar sin comprobar de nuevo que somos ganadores… y vuelta a repetir el ciclo.

Debemos tener en cuenta cuál es nuestra capacidad real de gasto, y -al igual que en la bolsa- nunca jugar con dinero que necesitemos para otra cosa más importantes. 

El juego online es divertido, y puede ser una vía de escape perfecta para situaciones en las que salir a la calle y encontrarnos con gente real suponga un problema. Pero, como todo, debemos ejercer con moderación, vigilando que no se nos vaya de las manos.

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