¿El trabajo dignifica? (I parte), por Diana Arteaga Echeverri

Una de las enseñanzas más valiosas que nos ha regalado el protestantismo y su hermano gemelo el capitalismo, es que el trabajo dignifica al hombre y que las manos vacias y la mente ociosa son el taller del diablo…

Por eso cada uno de nosotros, hombres y mujeres de bien, tratamos de llevar una vida virtuosa y en la medida de lo posible dignificante, y a raíz de esto se vuelve tan importante el dedicar varias horas de nuestra vida a trabajar, o en su defecto, a buscar trabajo, puesto que el trabajo ennoblece, enriquece, nutre y dignifica al hombre (a pesar de que el hombre en el fondo de su corazón prefiera quedarse en la casa viendo televisión, paseando por ahí, o como en mi caso personal: durmiendo hasta tarde; hundida en el ocio, pero feliz).

Sin embargo, a pesar de que el trabajo tiene una serie de virtudes inmensurables, comporta un gran problema, y es que el trabajo no crece en los árboles y para aquellos que queremos pertenecer al selecto grupo de los “que trabajan” nos es absolutamente necesario “conseguir un trabajo”, lo cual para algunos resulta una tarea fácil, para otros una tarea un poco más difícil, y para otro tanto, una tarea casi imposible.

Partiré de mi experiencia en la entrada al mundo laboral, con la cual sé que más de uno se sentirá un poco identificado, para probar que el trabajo puede que en algún momento dignifique al hombre, pero mientras lo hace es un desafío a la paciencia, la inteligencia, la buena suerte, en otras palabras una “acción de guerra” bastante dura y en ocasiones ignominiosa.

Como ya lo mencioné, cuando salí a buscar trabajo por primera vez, éste no colgaba de los pinos, así que me tocó iniciar con la operación “Ataque Frontal”, operación consistente en un bombardeo masivo de hojas de vida, cuyo blanco son las manos del tío, de todos y cada uno de los amigos con puesto, de la madrina, del compadre, del vecino, del señor Albarracín, de la amiga de la abuelita de la mamá del jefe de recursos humanos de cualquier empresa, o el altar de San Judas Tadeo “patrón de las causas imposibles” cuando la cosa está muy difícil; las cuales en el 90% de los casos, acaban de papel reciclable en las casas u oficinas de los mismos.

Sin embargo, en el transcurso de esta operación, una de las 700 hojas de vida que entregué fue a parar a la Cancillería, y allí sin más ni más, obtuve mi primer empleo como practicante, con funciones de asesor 1º, en la Coordinación de Asistencia a Connacionales. Como todo trabajo en las entidades del Estado cuando uno está en calidad de practicante, me exigía el mismo esfuerzo y la misma dedicación que cualquier otro funcionario de la misma, tenía el componente de la subordinación que establece el Código Sustantivo del Trabajo para definir la relación laboral, pero no tenía el componente de la “retribución salarial”, lo cual hizo de mi primera experiencia laboral un jardín pero sin flores. Pero como uno dice en estos casos: lo importante fue la experiencia, el background, el good will, el back up, el hard disk, que este trabajo me dio.

Acabado mi contrato verbal, inicié de nuevo con el ataque y en otra de esas tormentas de “Currículos Vitae”, me llamaron a presentar entrevista para un trabajo, esta vez en el sector financiero, perdón, “EN EL SECTOR FINANCIERO”. Primero, tuve que realizar unas pruebas psicotécnicas donde nos anticiparon a uno un grupo de 80 personas, que ésta era la primera de 6 pruebas, para entrar a esa prestante entidad y que había en total 12 plazas disponibles. Estas pruebas psicotécnicas son aterradoras, porque tienen la potestad de medir si el cerebro en su parte inconsciente, es apto o no para el trabajo. En mi humilde opinión, son una perdedera de tiempo, no tienen lógica, son en su mayoría subjetivas y uno se desbarata intentando hacerlas lo mejor posible, pero en realidad con estas pruebas uno no sabe qué esta bien y qué está mal. Al final y aunque a muchos les cueste creerlo, mi cerebro logró burlar el SP 16 y demás pruebas sicológicas, y logré salir invicta de esta primera batalla psicológica.

La segunda prueba fue un examen de conocimientos financieros consistente en cuestionario de 50 preguntas sacadas del P.U.C. (Plan Único de Cuentas) y después un caso práctico. Armada de calculadora financiera y todo tipo de fórmulas de rotaciones, indicadores, y demás, me dispuse a reconstruir los estados financieros de una compañía 5 años hacia atrás y a proyectarlos 10 hacia delante, hice un análisis del sector, refinancié la deuda que tenían, planteé propuestas de cómo incentivar el trabajo en esta compañía y después de 3 horas de examen, cuando se estaba acabando el tiempo y todavía no tenía una respuesta del caso, hice más bien lo que me habían pedido, y en veinte minutos acabé. Me llamaron a una entrevista, con el futuro jefe del cargo. Esta entrevista era para sustentar el caso anterior. Debo admitir que en este punto no sabía si me habían llamado porque había pasado el examen, o si estaban intrigadísimos con lo que había escrito, y querían ver quién había sido. Cuando me encontré cara a cara con el futuro jefe, ante su semblante serio y la duda que me embargaba, sentí una angina de pecho apoderándose de mí, pero me tranquilicé cuando recordé que tenía un arma secreta, mis 9 semestres de finanzas, y el tan viejo y conocido refrán costeño “si no sabes despístalos” y como no sabía si sabía, los despisté.

A pesar de los pronósticos pasé el examen. Llegué a pensar que todo iba bien, hasta que me dijeron que la siguiente prueba era otra entrevista, esta vez con la sicóloga. Las entrevistas aunque sé que son necesarias, son detestables. Por lo general son tediosas e intimidantes, uno sabe que cada movimiento y cada palabra, está siendo calculado e interpretado. Un gesto errado, una palabra mal dicha, un perfume muy fuerte, una mano sudada, todo, puede acabar con las posibilidades de un aspirante en esta etapa del camino. Afortunadamente, en esta prueba me fue bien. Ese día no usé perfume, traté de modular la voz para que luciera segura, dije lo necesario, me abstuve de transpirar y dio resultado, porque ya casi estaba del otro lado.

La siguiente prueba, era menos intelectual, y más física: el Examen Médico. En mi condición femenina, era obligada la prueba de embarazo, que sólo tiene dos formas posibles de hacerse: a través de prueba hematológica o con parcial de orina, tomada obligatoriamente en el consultorio. La primera, aterradora para muchas mujeres, la segunda indignificante. Considero que no hay nada más terrible, que “tener” que tomar dicha prueba teniendo que forzar el cuerpo a hacer algo que no quiere, en un lugar que no puede y que es de carácter obligatorio. Finalmente, después de hora y media en el consultorio y tres botellas de agua, pude decir “prueba superada”. Pero ahí no acabó todo, con resultados negativos en mano, vino la visita al médico, el cual era un completo desconocido, que actuaba como si me conociera de toda la vida, y que en pos de eso, me hizo una minuciosa inspección, para ver si me podía dar su visto bueno o no.

Después de obtener la aprobación del doctor (y de pensar que tenía una pierna más larga que la otra, gracias a la minuciosa observación de éste), me tocó seguir con la unificación de los documentos necesarios para el ingreso. El primero de ellos era el pasado judicial. Como le avisan a uno por teléfono, esta vuelta es personal e intransferible, larga y aburrida, porque supuestamente uno no puede llevar acompañante (lo cual desmitificaré en otro artículo). Cualquiera que haya sacado su pasado judicial, reconocerá que es una de las vueltas más jartas que hay para hacer. Son tres horas en la cola para entrar , otras tres horas en la cola para pagar, porque uno sólo puede hacer la consignación en el banco que queda dentro del D.A.S., otras tres horas mientras toman los datos y una hora más mientras aparece un señor en la mitad de la plaza gritando el nombre de los documentos que ya están listos.

El segundo documento que necesitaba era el del fondo de pensiones y cesantías. Nunca me imaginé que estas cosas había que tomarlas tan en serio, porque uno se está jugando el futuro si hace una mala elección. Hice un análisis exhaustivo de cuál era el mejor, si Colfondos que tiene el respaldo del Citibank, o si Porvenir, que es un fondo de capital netamente colombiano o si sería mejor el Seguro Social, que mal que bien ese nunca se quebrará, por ser del Estado. Finalmente me quedé con Colfondos, porque fue el que me dio más seguridad por aquello de que “el Citi nunca duerme”. Todavía tenía que escoger quien se encargaría de mi salud, porque como con la salud no se juega… Por supuesto hice una consulta con mis amigos, para ver ellos dónde estaban, consulté con mi tía que sabe de esas cosas, miré cómo le ha ido a mi hermana con su EPS, a mi prima, y después de realizar una ponderación con los resultados obtenidos, escogí el del formulario que no se me dañó al llenarlo.

Después de haber pasado por todo este proceso el cual fue largo y tedioso, me dispuse a llevar todo lo necesario para finalmente firmar el contrato de trabajo, mi primer contrato de trabajo. Después de tanta vuelta, tanta selección, y tanto proceso, imaginaba un contrato de exclusividad mínimo por 5 años, con dieciséis salarios al año (por aquello de las convenciones que manejan los bancos), con varios ceros, varias prerrogativas por ser un trabajo que maneja altos niveles de presión, y de pronto alguna sorpresa más, como regalo de la entidad para premiar mi entrada a la misma. Pero todo lo anterior fue únicamente para un contrato por 5 meses, con un salario de los que reciben auxilio de transporte y disponibilidad de trabajar sábados, domingos, festivos, y muchas horas extras sin remuneración, entre otras muchas sorpresas que el trabajo efectivamente me entregó. Es decir, pasé más tiempo en la etapa de selección que en la de dignificación. Debo confesar que no deja de asaltarme una duda: “Si estas fueron las cosas que me tocó hacer para ocupar este puesto en una escala baja del organigrama institucional, qué le habrá tocado hacer al presidente de esta entidad para llegar a ocupar esa posición?”.

Continuará…

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Anónimo
Anónimo
20 years ago

Aterrador… Felicidades por el artículo, Diana.

Anónimo
Anónimo
20 years ago

Me gustó la parte en la que comentaste lo de las 3 botellas de agua jajajaja!!!
Enhorabuena, excelente artículo!

Salu2 😉

Anónimo
Anónimo
20 years ago

Te llamas Diana Arteaga Angarita?

Anónimo
Anónimo
19 years ago

Hola! me parecio muy interesante tu artículo y te felicito por este. Enserio que contibuye a la formación y analisis personal.

Anónimo
Anónimo
18 years ago

Muy gráfica su descripción. Ahora, qué podremos decier los > de 45??

Anónimo
Anónimo
18 years ago

Muy buen artículo Diana, me ha pasado lo mismo
pero a diferencia tuya después de un largo
proceso de seleccion No pase la entrevista
con la sícologa, (soy buena profesional y madre de dos hijos pequeños) pero las entidades preguntan ¿Y quien se los cuida?, le aterra que
si contratan una madre estara pidiendo permisos,
entrega de notas etc..

Anónimo
Anónimo
18 years ago

Excelente no te conocía esta cualidad…te falto comentar las conocidísimas palancas que rodean es tortura y hacen parte de nuestra cultura macombiana

Anónimo
Anónimo
17 years ago

definir consecutivos y requisitos de significado de contratacion verval

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