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Tal y como la mayoría de los usuarios hemos estructurado la vida digital nuestros datos pasan, casi en su totalidad, por los servidores de cuatro o cinco multinacionales.

Y posiblemente la que acumula la mayor parte de todos esos datos, ya que es proveedora de los servicios esenciales (navegador, buscador, correo), es Google. Una empresa simpática, aunque cada vez un poco menos, empeñada en ofrecerlo todo sin coste “para hacer del mundo un lugar mejor“, como suelen decir en Silicon Valley.

Quizás el propósito de Google no es hacer el mal, pero lo que nadie discutirá es que su objetivo es hacer dinero, lo cual a ese nivel suele ser sinónimo. La corporación de Mountain View ganaba en 2014 casi 200$ al año por cada cuenta. Los titulares de esas cuentas no somos sus clientes. Somos su mercancía. Sus clientes son otras empresas que pagan a Google por los servicios que ofrece. El usuario es un producto que está enganchado al gratis total en la modalidad mainstream y que, con más o menos frecuencia, realiza una compra a un socio comercial de, quién si no, Google.

Ahí entra Lilo, un metabuscador con aspecto de ONG que, gracias a la cínica hegemonía imperante, puede causarnos de entrada más sospechas que las megacorporaciones que una y otra vez son multadas por incumplir las leyes sobre la competencia o por no pagar impuestos. Lilo, es una empresa de ese nuevo sector llamado la economía social, que asegura tributar todo en Francia, que promete transparencia en sus balances y que declara que más del 50% de sus beneficios es destinado por sus propios usuarios a la financiación de pequeños proyectos sociales.

Como digo, el primer vistazo que le di fue con desconfianza. Luego me fijé en las iniciativas que sufragan y había una distribución de Linux para combatir la obsolescencia programada, una televisión para dar voz a la historia oral de los índigenas, la cooperativa eléctrica catalana Som Energia y los famosos hornos solares. Cada búsqueda se cuantifica como una gota. Luego donas esas gotas al proyecto que elijas. No nos dicen a cuántas milésimas de céntimo corresponde cada gota pero la idea parece buena.

En cuanto a su funcionamiento Lilo dispone de extensiones para Safari, Chrome y Firefox, que sirven para configurar bastantes parámetros y activar y desactivar tanto el metabuscador como una home page con accesos directos (más ligera por cierto que la que provee Safari). Respecto a los resultados que ofrece, son una mezcla de Google y Bing, a veces precisos, a veces mejorables, seguramente porque utilizan los motores .com en vez de los .es de los respectivos molinos de internet (algo que pienso comentarles). Está en castellano, si bien la versión francesa presenta otras opciones, como los referidos para comprar en diversos comercios. Además la interface web cuenta con pestañas de imágenes y vídeos que pueden redireccionarse a Google o a Bing, noticias, mapas, y unos filtros simplificados para acotar las búsquedas.

No sé lo que me durará instalado. Si veo que el proyecto evoluciona no hay ningún incoveniente en apoyar algo que en principio debería de beneficiar iniciativas solidarias. Si se desvirtúa está la opción de volver a Google, que no puede decepcionarme porque siempre ha sido un gigantesco negocio.

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