En sintonía con la tesis de Panikkar, el británico Steve Taylor (en su libro La Caída, cuya traducción española ha publicado muy recientemente Ediciones La Llave de Vitoria) defiende la teoría de que hace seis milenios la Humanidad experimentó un cambio que él considera más patológico que otra cosa: en diferentes zonas del planeta, un súbito escalón climático que implicó la implantación de condiciones medioambientales de extrema aridez, empujó al homo sapiens –heroico superviviente de varias glaciaciones– a experimentar una transformación psico-sociológica que trastocó radicalmente su manera de relacionarse con la Naturaleza y con sus semejantes. Dicha transformación propició el surgimiento de lo que entendemos por civilización, pero la visión de Taylor sobre este suceso es muy diferente de la habitual: el resultado principal del proceso fue la hipertrofia enfermiza del Yo Separativo.
Por qué nació la filosofía -al menos, la occidental- como filosofía de la naturaleza? La más obvia respuesta es que los hombres se interrogaban por lo que percibían. A su alrededor y también en sí mismos (sus propios cuerpos). Pero ¿sólo percibían? No, lo que hacían era algo más fundamental: vivían. Y adelantemos ya una propuesta básica: vivir es ser naturaleza.
La pregunta pertinente es, por tanto, otra: la autonomización del pensar con respecto al vivir, de la que tantos se sienten orgullosos, y que consideramos, seguramente con razón, la condición sinequanon del nacimiento de la filosofía y de la ciencia, ¿es un gran paso evolutivo o una desviación patológica? ¿O quizás ambas cosas?
Insiste reiteradamente Raimon Panikkar en una opinión que algunos perciben como insufriblemente escandalosa: la Humanidad ha podido errar gravemente el camino, pero no sólo en las últimas centurias, poniendo en marcha una revolución tecnocientífica e industrial que la sensibilidad ecológica creciente enjuicia hoy con mirada severa, sino desde los mismos albores de la civilización. Sería la apuesta por “sólo pensamiento” –crecientemente desligado de la afectividad, del sentimiento– la que, al promover la hipertrofia de la función psíquica (Jung) del mismo nombre, habría sido causa de un tremendo desequilibrio en el homo sapiens, de un desequilibrio que ha acabado por “salpicar” a la naturaleza terrestre entera.
El mundo del hombre, al ser ante todo representación, producto de su actividad pensante, ha ido separándose cada vez más del Mundo como realidad englobante, o lo que es lo mismo, de la Naturaleza. Pero es que, además, ese mismo hombre ha procurado por todos los medios que ese mundo representacional suyo se transformase en “el mundo”, en el único mundo, con el resultado del galopante encerramiento solipsista del sujeto humano, así colectivo como individual.
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Resulta muy subjetivo el planteamiento, no se trata de mi opinión personal del asunto, me refiero que es confuso dar por hecho que la autonomía del pensamiento es diferente al hecho de vivir, a la naturaleza del vivir, por ejemplo, proponer una transformación global del ser humano como una patología, es como decir que somos deformaciones y aberraciones del lento proceso evolutivo… es un punto de vista muy subjetivo, con su parte de razón si se quiere, pero nada científico.