[Diez días de verano] Mirar al vacío

Si leíste (o escuchaste) mi reflexión sobre las sombras y los recuerdos que me traen, ya sabes que hay cosas que me transportan a una nube en la que tanto mi cuerpo como mi mente se quedan flotando, simplemente disfrutando de la belleza sencilla y serena de los efectos de la luz.

Conozco a una persona que le gusta sentarse de noche en la orilla del mar, mirando hacia el agua y quedarse mirando cómo rompen las olas sin pensar en nada, sólo sumergiéndose en la vista y el oído (puede que el olfato también, ese olor salino).

Es conocido el efecto hipnótico del fuego, y cómo nos deja sin palabras, sólo mirando esa danza absurda y desmadejada de las llamas -aunque sospecho que en realidad nuestra mente está intentando encontrar patrones.

Para otros es la lluvia sobre las ventanas (que a mi, por ejemplo, no me dice nada) o ver caer nieve (que pasados diez segundos para mi pierde todo el interés).

Tal vez a ti te relaje lo que llaman el ruido blanco (tal vez el sonido del ventilador, o el zumbido de una nevera, por poner ejemplos -el más habitual era el del canal de televisión donde ya no se está emitiendo, pero creo que eso ya no existe, podrías encontrar un equivalente en una frecuencia de radio donde nadie esté emitiendo).

Lo que quiero traer a tu atención es esa situación, absolutamente necesaria, en la que abandonamos cualquier urgencia, carecemos de agenda, no nos importa lo que haremos después, y simplemente nos quedamos ahí, en stand-by, neutralizados.

Tal vez piensas que no “estás haciendo nada”, que simplemente te quedas “estupidizado” con la mirada vacía y la cabeza hueca. Pero no es así. Tu cerebro nunca para (aunque los que te quieren mal te hayan dicho lo contrario), siempre está trabajando y, de hecho, aprovecha esos momentos para evolucionar los pensamientos, extraer conclusiones, tomar decisiones, aclarar enredos y prepararse para lo que tenga que enfrentar, incluso aunque tu no seas consciente de ello.

Por eso son tan importantes (aunque sean microdosis, es lo que yo hago en el ascensor) esos momentos en que no hacemos nada -aparentemente. Son como las estaciones de servicio de nuestro cerebro, que aprovecha para ir al servicio a deshacerse de lo que sobra, comprar alimentos, beber un refresco y ponerse otra vez en la ruta con energía renovada.

Por eso la gente que nunca para está siempre cansada, agobiada, y desesperanzada. Como si la vida les sacara dos cuerpos de ventaja. Precisamente porque no dejan que su cerebro coja oxígeno.

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Alf

Propietario de www.faq-mac.com.

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Miguel Ricarte
2 months ago

Espléndido consejo que estoy poniendo en práctica hace un tiempo ya y que me funciona a las mil maravillas.

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