Nuevos pasos hacia el “polvo inteligente”
Recientes investigaciones computacionales basadas en sensores apuntan hacia el nacimiento de una nueva generación de dispositivos inalámbricos, cada vez más pequeños y autosuficientes, que podrían revolucionar el mundo de las telecomunicaciones. El llamado "polvo inteligente" serviría, por ejemplo, para controlar la temperatura y humedad de un hospital, o para alertar sobre posibles desastres naturales como terremotos.
Científicos de universidades y empresas están desarrollando pequeños sensores digitales que, diseminados por todo el mundo y conectados a redes informáticas de gran alcance, serían capaces de transformar la manera en que nos relacionamos con nuestro entorno. Al menos eso es lo que se desprende de un análisis publicado en el diario estadounidense The New York Times.
Podría parecer una visión sacada de una película de ciencia ficción y sin embargo está cada vez más cerca de convertirse en una realidad palpable. Algunos ambiciosos proyectos de investigación aproximan el concepto de “polvo inteligente” a las rutinas de la sociedad de la información. Pero, ¿qué es esto del polvo inteligente?
El término en inglés “smartdust”, introducido por el profesor de la Universidad de California Kristofer Pister en 2001, designa una red inalámbrica de minúsculos sensores microelectromecánicos, robots o dispositivos que pueden detectar, controlar y medir no sólo el movimiento, sino también la temperatura, la contaminación química o los cambios biológicos. De este modo, pueden usarse para gestionar el consumo energético de un edificio, para alertar del mal estado de construcciones como puentes o carreteras, e incluso, para detectar cuando maduran o se echan a perder ciertos productos comestibles en el mercado.
Cada dispositivo está compuesto por sensores, circuitos que computan, tecnología de comunicaciones sin hilos bidireccional y una fuente de alimentación. Tradicionalmente las baterías han sido el principal quebradero de cabeza para los investigadores. Tanto es así que un ingeniero de Intel Labs en Seattle, Joshua Smith, llegó a afirmar que para albergarlas en lugar de polvo, “los nódulos del sensor tendrían que ser del tamaño de pomelos”.
Sin embargo, esta barrera energética parece estar difuminándose a pasos agigantados. El propio Smith participa en un proyecto que pretende ampliar el volumen de trabajo potencial que pueden manejar los sensores y la distancia a la que se pueden comunicar sin baterías. Su investigación se basa en la tecnología comercial para la identificación a distancia RFID, a la que se suma un acelerómetro (instrumento diseñado para medir aceleraciones) y un chip programable. Todo concentrado en solo unos milímetros de espacio.
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