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Como llevo las dos bolsas, prefiero quedarme de pie, donde pueda moverme con soltura. Pero es jueves, a media tarde, y no cuento con que realmente los parisinos trabajan y salen de trabajar. Pocas estaciones después estoy arrinconado al fondo del vagón. Y empiezo a sudar. Me fijo en las rutas de las distintas líneas que están pegadas encima de las puertas y veo que los colores no coinciden con los de mi plano. En mi plano yo voy por una línea rosa, pero en el adhesivo que tengo delante de mi, la línea es gris. Y voy a la línea azul. Y según el itinerario de la puerta, mi línea rosa no se cruza nunca con la línea azul. ¿Qué se hace cuando estás al fondo de un vagón de un metro parisino, no hablas francés, descubres que no estás donde crees que estabas y que no tienes ni idea de hacia donde vas o dónde bajarte? Yo sudo. Sudo frio y sudo caliente. Con modesta insistencia le digo al joven que tengo delante "pardon", confiando que se aparte y me deje llegar a la puerta. A la tercera vez que se lo digo, se vuelve y me espeta algo en francés. Le pongo cara de desesperación, pensando que no me va a dejar pasar, y me veo subido en el tren dando vueltas por los subterráneos de París hasta que pase la hora punta y pueda superar mi incapacidad de comunicación. Sin embargo, la cara de conjunto vacío que se me queda debe ser suficiente para que se ablande, y con una medio sonrisa me dice en un inglés afrancesado "No se pgeocupe mesié, todos noss bagamoss aqui". Respiro más tranquilo, y dejo mi postura de ataque de rugby en descanso, pero no mucho por si al final no son tantos los que bajan y hay que empujar desde mi posición. Aprovecho ese desliz y le enseño mi plano preguntándole cómo se puede ir al aeropuerto Charles de Gaulle en metro. Me mira entrecerrando los ojos y me dice "Pgimego tiene que cambiar a RER D y "depuí" a RER B, ok?" Le vuelvo a mirar con cara de "¿estás de broma?" pero él queda satisfecho con las completas instrucciones que me ha dado y me vuelve a dar la espalda. Medio minuto después entramos en San Lázaro, efectivamente nos bajamos muchos y entiendo que empieza la segunda etapa de mi juego particular. Las instrucciones de mi confidente me obligan a estudiar cada señal porque no es necesario ser muy avezado para percibir que las líneas de comunicación, digamos, subterráneas, de París, son una trenza irregular entre lo que nosotros llamamos metro y red de trenes de cercanías, operadas por varias empresas diferentes. Así que la RER D es una línea que debo tomar en Saint-Lazare para poder enlazar que con otra línea de cercanías, la RER B, que es la que finalmente me llevará hasta el CDG (como aparece en general en todas las señales - aeropuerto Charles de Gaulle). Si efectivamente esto sería un juego, diría que ahora estoy en una fase de nivel de dificultad medio-alto, porque no es especialmente fácil saber qué dirección es la adecuada cuando todas las salidas tienen varias opciones. Por una vez, y sin que exagere lo más mínimo, el mapa de metro que llevo sirve para algo, y me permite establecer los puntos de contacto necesarios para determinar que mi destino es una estación con un precioso y colorido nombre: Magenta. La estación de Magenta tiene algo de pesadilla. Es como una microciudad postnuclear en varios pisos, donde en cada nivel pasan trenes con diferentes destinos. Repleta de bahías, el tren que se dirige a CDG tiene que cogerse en las números 41-43. A mi derecha hay comercios de todo tipo para el transeúnte: tiendas de bocadillos, kioskos, ropa, etc. Y a la izquierda las bajadas a las diferentes bahías. Cada cierto tiempo, hay una señal que incluye las siglas CDG y por eso sé que no he llegado. Pero hay un problema. Las salidas van por números pares. O sea que pasan del 38-40 al 42-44. Esto es increíble. No entiendo qué pasa. Me siento como Harry Potter cuando le dicen que tiene que llegar al andén 9 3/4. Retrocedo sobre pasos. Bajo la escalera. Subo la escalera. Miro la chapa con todas las líneas que salen de los andenes 42-44. Miro la chapa con las líneas que salen de los andenes 38-40. Es evidente que ninguno de ellos va donde yo quiero. Pregunto (¿tendré suerte otra vez?) a un moreno atribulado que pasa por mi lado. Me mira con lejanía y me dice que tengo que coger el metro e ir a no se donde y que desde allí ya podré ir al aeropuerto. No le creo, pero miro el reloj. He salido con cuatro horas y media de adelanto sobre la hora límite de embarque de mi avión. Llevo poco más de una y media. Y un parisino me dice que tengo que retroceder a no se donde para retomar el camino correcto. ¿Es posible que pierda el avión? ¿Cuánto puede complicarse una situación tan aparentemente sencilla como llegar a uno de los aeropuertos más grandes de Francia? ¿Debería haber cogido un taxi y dejarme de experimentos? ¿Aprenderé alguna vez? ¡Quiero mi yo sensato para darle una paliza mientras le pregunto dónde ha estado todo este tiempo! Voy a una tienda. Y esto me recuerda una situación que viví en Madrid hace un par de meses. En mi propio Madrid. Buscaba una plaza, y no conseguía dar con ella. Entré en una tienda de ropa. Los empleados eran todos de suramérica. No conocían la zona. Entré en una cafetería. Los camareros eran centroeuropeos. No conocían la zona. Aún entré en otra tienda, pero tampoco sabían. Finalmente entré en otro bar y allí un camarero centroeuropeo me dirigió hacia el dueño que andaba trajinando en la cocina. Salió y conocía la zona. Y me orientó. Y estaba a dos calles de distancia. Entro en la tienda. Pero no hablo francés. Y sigue siendo una hora muy densa de tránsito. La gente realmente entra y sale, compra y paga. Un dependiente me dice que me toca, pero yo cuelo a otra señora que venía detrás. Mis esperanzas de que en algún momento se queden libres y sin prisas como para intentar explicarme cómo llegar se desvanecen. Tengo que tirarme al rio. Me armo de valor, y con un tono de voz propio de ET intento vocalizar (con pronunciación francesa) "Sharlsdegol". El dependiente me responde en inglés: "Ahí fuera y bajando las escaleras". Pero no, querría decirle. Llevo diez minutos peinando el espacio entre dos andenes y no hay nada. Pero en vez de eso le repito "¿Fuera y bajando las escaleras?". "Exacto". De verdad que no sé que hacer. Vuelvo a salir al distribuidor. Hacia arriba se ve la luz de la calle. Ahí no es. Hacia abajo están las bahías y sé que ahí no es. Y delante de mi ... un momento... delante de mi... ¡hay más de una fila de escaleras! Resulta que las impares estaban en una línea más adentro, paralelas a las pares. O sea, ahí fuera, bajando las escaleras. ¿Hasta qué punto puede la vista, la obcecación, porque sólo creemos lo que vemos, cegarnos como para no dejarnos ver tres metros más allá, donde, pacientemente van pasando las bahías impares cada uno con el mismo destino desde hace años, posiblemente décadas? ¿Cómo es posible que pueda estar diez minutos mirando el mismo objeto y no ser capaz de mirar más allá, de intentar ver más lejos? Pues me pasa. Y mucho. Por fin he encontrado mis escaleras de bajada. Pero es como descender al submundo. A dos plantas bajo tierra, con una iluminación desastrosa y desastrada. Unos monitores de fósforo verde van informando de la hora de llegada de los trenes. El mío -gracias diseñadores gráficos de la era pre-color- tiene un avioncito delante del nombre, así que hasta para un españolito como yo, que no habla francés, y que está al borde del ataque de nervios ante el implacable correr de los minutos, no tiene pérdida. ¡Estoy dentro! He "superado" otra fase, aunque haya tenido que utilizar el comodín del 50% y el del público. Ya sólo me falta llegar a tiempo. La verdad es que no tengo ni la más remota idea de lo que puede tardar el tren en llegar al aeropuerto. Y sé, porque ya me pasó cuando llegué, hace ahora tres días que parecen tres semanas, que luego tengo que coger un autobús que me lleve, de verdad, hasta mi última parada. Son las siete y media. Hace dos horas y media que salí de la feria. El trayecto también está concurrido, pero a medida que se suceden las paradas la gente se va apeando. Pienso en lo que daría por una brioche y un poco de vino de Bordeux, y hasta la Reentré del director del hotel me parece ahora una delicia, con este calor y este agobio que llevo en el tren francés camino de mi aeropuerto CDG. Voy a coger mi papel con el código de reserva, ése que lleva conmigo meses, ése que es mi pasaporte a mi vida cotidiana, y que me metí en el bolsillo trasero del vaquero para tenerlo a mano. No puede ser. ¡Lo he perdido! Me toco el bolsillo, me toco el culo. Me meto la mano en el bolsillo de delante. En el otro. Repaso los bolsillos de la mochila. Repaso el bolsillo externo de la bolsa de ropa. No está. Sudo frio otra vez. Mi cerebro se deshace intentando calcular las repercusiones, posibilidades, opciones, que pueden producirse por no tener el papelito. Mi papelito. Impreso por mi. ¿Cómo puedo ser tan estúpido? ¿Cómo se puede perder el papel que tiene tu billete de vuelta? A mi lado van varios ejecutivos italianos hablando con su carácter "poco tímido". Tienen el pasillo ocupado con sus maletas, y parece que nada les importa demasiado. Así que me quito la mochila del ordenador de la espalda, casi puedo decir que me la despego, lo saco y busco el correo con los datos. Cojo el bolígrafo y me apunto el código de confirmación en un papel. Guardo el ordenador. Miro el itinerario pegado en la pared. Hay dos terminales en Charles de Gaulle. No tengo ni idea de a cuál voy. Y me da la impresión de que no debe ser fácil pasar de una a otra. Tengo que mirar nuevamente en el correo de confirmación para ver si lo pone. Si no lo pone, definitivamente tengo un problema y estoy abandonado a mi suerte en la elección. Vuelvo a sacar el ordenador. Me leo atentamente el correo y allí, al final, debajo de los datos del viaje de vuelta, pone, como si fuera algo intrascendente: Terminal 1. En el autobús que nos traslada desde la estación de tren a la terminal, el conductor, español emigrado a Francia se pasa todo el viaje pegándole la bronca a un hispanoamericano porque "ustedes creen que vienen aquí y que el dinero les va a crecer de los árboles, pero están equivocados". "Vienen y tenemos dos millones cien mil parados y no hay trabajo para todos, así que ¿qué pueden hacer?" "Deberían volverse a su país porque aquí no hay trabajo para todos. Ustedes creen que sí, y cuando vienen comprueban que no, pero se quedan". Tremenda paja en el ojo ajeno, incapaz de ver la viga en el propio. El pobre muchacho comete el error de darle conversación porque le entiende, porque habla español. Está buscando a un amigo que tiene que llegar desde alguna parte, y le está esperando en el lugar equivocado. El conductor le dice que suba al autobús. El joven aguanta la diatriba con esa paciencia infinita que sólo tienen los benditos. Yo no hubiera aguantado. Yo me hubiera metido en problemas diciéndole cuatro verdades tan grandes como ese autobús. Pero probablemente la actitud del joven es la más inteligente. No hablar más de la cuenta, sonreir todo lo posible, mostrarse agradecido para rehuir el conflicto. Y luego olvidarse de todo. Supongo que al llegar a destino el conductor se queda satisfecho de haberle dicho la cruda verdad a un pobre hispanoamericano, que viene engañado como todos, a robarle el pan de su propia mano. ¡Cuán equivocado está! Me hubiera gustado escuchar la historia del chaval, donde está trabajando, las horas que hace y el miserable sueldo que gana. Y avergonzar a ese español afrancesado que tan importante se cree con su trabajo seguro y su integración, para que nunca vuelva a sentirse con derecho a decirle a alguien que se vaya del país. Pero al final, todos miramos al frente y dejamos que la conversación muera sola. Si alguna vez quieres ver aeropuerto feo, pero feo de verdad, no dejes de visitar el CDG. Es con certeza el aeropuerto más feo que he visto en mi vida. Las paredes están cubiertas de un gotelé basto, pintado de blanco, y los focos están encastrados como cráteres lunares. Parece las paredes de una vieja discoteca de Llego al mostrador de facturing con mi compañía, esa de nombre tan divertido, pero que nos hace gracia sólo a los hispanohablantes, porque los demás no captan el chiste. Que aprendan español. Y spanglish. Y entonces lo entenderán. Me atiende un negro enorme. Tan grande como su pluma. Remarca cada palabra con una gracia que resulta difícil resistirse. Je-lou. Can ai jaf yur aIDi card? Le pregunto si puedo subir con los dos bultos al avión. Me dice que no cree que haya problema, pero que ponga la bolsa en la base para que la etiquete. Me da mi billete y me especifica. Es-ta es tu puer-ta. Es-ta es tu ho-ra. Salao. Cuando estoy a punto de irme, mi yo sensato (¿donde estabas cuando te necesitaba?) me hace preguntar: "¿Quieres ponerme también una etiqueta en la mochila?" "Vale. ¿Te das la vuelta y te agachas para que te la coloque o prefieres ponerla en la base?" No puedo evitar sonrojarme. No me acostumbro al filtreo directo, y a la vez me siento halagado. Y divertido. Las azafatas de las facturaciones adyacentes se rien hasta caerse de la silla. Le digo sonriendo "Creo que con dejarla sobre la mesa será suficiente". Me pone mi etiqueta y me alejo... siempre hay una posibilidad de sonreir y mientras subo la escalera me regodeo en la escena. ¡Ah, París! Pasillos y escaleras me dirigen a mi puerta de embarque. Finalmente he llegado con una hora de antelación. He estado tres horas viajando por el subsuelo de París. Hago mis compras en la ramplona tienda libre de impuestos y me siento a esperar mi avión. Yo creo que las azafatas sienten una especie de placer morboso en la deliberada lentitud con que ejecutan todos los requisitos que hay que cumplimentar para poder empezar a admitir pasajeros. Y no hablemos del exhibicionista desdén con que se pasean arriba y abajo como si no hubiera nadie al otro lado de la mampara. Los pasajeros se van amontonando en las inmediaciones de la puerta, pero ellas siguen hablando por sus walkie-talkies como si no fuera con ellas. Y mientras el calor y la prisa suben dentro de nuestra pecera, ellas siguen riendo y bromeando como en una película muda, bajo la deficiente iluminación de la sala de espera. Decenas de personas, cansadas de todo un día de ajetreo en la ciudad, de pié esperando a que den la salida. Pero así es la vida, unos mandan y otros obedecen. El caso es que ya estoy sentado en mi avión, butaca de salida de emergencia, un poco más amplia que las demás, y estoy dispuesto, esta vez sí, a disfrutar al máximo del episodio de Friends y del de los Simpsons. Hasta la próxima. Seguiremos informando. Publicado el: 20 Septiembre, 2006 - 13:12 | | redaccion - comentario/s
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Enviado por uomo (usuario no verificado) el 27 Febrero, 2007 - 01:49.The information I found here was rather helpful. Thank you for this.
Caramba. En las dos veces que he visitado Paris g
Enviado por kekoga (usuario no verificado) el 20 Septiembre, 2006 - 21:42.Caramba. En las dos veces que he visitado Paris gasté en taxis una fortuna, segun mis amigos innecesariamente, pero ahora estoy seguro que hice bien. Muy buenas cronicas.
Definitivamente, estoy ahorrando para comprarte un
Enviado por Gandalf (usuario no verificado) el 20 Septiembre, 2006 - 15:56.Definitivamente, estoy ahorrando para comprarte un GPS portatil Alf. ;)
¿Has ta la próxima? Tío, con lo mal que lo pasas e
Enviado por Jesús (usuario no verificado) el 20 Septiembre, 2006 - 15:14.¿Has ta la próxima? Tío, con lo mal que lo pasas en los viajes leyendo tus crónicas mejor que no vuelvas a salir de casa. No corras el riesgo de disfrutar del viaje que igual es peligroso.
Eres igual que Paco Martínez Soria en "La ciudad no es para mí".
Nooo, Alf, no te agaches, que el negro ese tiene n
Enviado por Miguel Ricarte (usuario no verificado) el 20 Septiembre, 2006 - 14:49.Nooo, Alf, no te agaches, que el negro ese tiene negras intenciones, aaaaaaaaaaah!.
Ahora en serio, cómo te vá la marcha, mira que ir en metro y tener que pedir favores a los nativos sin saber su lengua, macho, ¡Qué arriesgado!.