Crónica de una muerte anunciada, por Alf

Alf-small.jpgEl envío la semana pasada -por error- del obituario de Steve Jobs no es más que el corolario del aberrante debate (monólogo más bien) con que los "analistos" americanos nos han estado obsequiando en estos últimos meses.

El absurdo debate inquisitorial (porque siempre acaban exigiendo algo) sobre si Steve Jobs tiene obligación de enfermar y morir en público o sigue teniendo derecho a su vida privada no ha podido encontrar remate más histriónico, hilarante y patético como ese involuntario error (aunque a lo mejor fue un soplo) de Bloomberg de difundir la semblanza biográfica inacabada del director general de Apple.

Ya hemos comentado en estas mismas pantallas que los sitios de rumores (qué fácil que sería equivocarse, por proximidad, y cambiar la "r" por la "t") han sido desactivados, no por Apple y su campaña en los juzgados, sino por la pléyade de analistas que nos regalan un día sí y otro también con opiniones, indicios, previsiones, suposiciones, especulaciones y orientaciones sobre lo que Apple va a hacer, a no hacer o a dejar de hacer en un punto entre dos semanas y los próximos años. ¡Y aún hay gente que les hace caso para invertir!.

stevejobs_nobel1.jpgEn los últimos dos o tres meses, la salud de Jobs, tratado como si fuera una entidad abstracta, sin presencia real en la tierra (salvo las dos o tres ocasiones en que se materializa para dar una conferencia), ha sido material de primera página de la prensa económica y social, y no por eso menos charcutera.

La trivialización de lo mal que podría encontrarse Jobs (a tenor de su aspecto) y del tiempo que pueda quedarle de vida, sean meses, años o décadas, ha dado una clara muestra de que ningún campo hoy en día está libre de la asqueante prensa sensacionalista. Todo aquel al que le den un periodista dispuesto a tomar nota puede reclamar, exigir, demandar, sin posibilidad de apelación -pero sin fundamentar sus órdenes en dato objetivo alguno- que se le facilite la información que considera necesaria, porque la gente "tiene derecho a saber".

Sí, amigos, como en un programa de Mercedes Milá, como en una rancia película americana, el argumento que se sigue utilizando es que "la gente tiene derecho a saber", que no se les puede ocultar nada y que, por abundar en el tópico, pagan sus impuestos.

Sólo nos queda esperar que este admirable remate a la campaña morbosa para que Steve Jobs salga al escenario y diga que se muere (la otra opción, la oficial, no les vale) de por finalizada esta lamentable representación de analistas convertidos en alguaciles, carceleros de la verdad y lo publicable, y haga que vuelvan a sus despachos, de donde nunca debieron salir y se dediquen a estudiar las cuentas, las tendencias y cómo sacar la mayor rentabilidad a las inversiones de sus clientes, que ellos sí que tienen derecho a estar bien informados.

Y las adivinanzas que se las dejen a la Esfinge y a Edipo, que son mucho más entretenidos.


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