Nuestra Comuna del 10 de mayo, por Daniel Cohn-Bendit
La "noche de las barricadas" del viernes 10 de mayo no fue premeditada como lo pretendió el gobierno, pero nosotros sabÃamos, yendo a la manifestación, que podrÃa pasar cualquier cosa. Ya no podÃamos contentarnos con desfilar tranquilamente y regresar a nuestras casas. Dos dÃas antes, el miércoles, cuando la columna habÃa llegado a lo alto del bulevar Saint-Michel, se habÃa lanzado la voz de orden: "A dispersarse". Nosotros estábamos en contra, pero eso no es lo importante. Lo que cuenta es la manera como los estudiantes recibieron esa voz de orden. Estaban desalentados. He visto a muchos llorando, que decÃan: "Entonces, ¿nos vamos? ¿Cedemos? ¿Hemos venido para nada? ¿Hubo mil heridos en dos dÃas y se contentan con marchar, de la Bastilla a la República, para volver enseguida a sus casas? ¿Para qué sirve eso?" Era el sentimiento de casi todos los jóvenes que estaban allÃ, no sólo de los estudiantes, sino también de los jóvenes obreros que habÃan venido a unirse a nosotros.
La ocupación del Barrio Latino
En la noche del miércoles se reunió el "Movimiento 22 de marzo" y dijimos: "No podemos permanecer quietos, el movimiento tiene su dinámica propia, los jóvenes están resueltos a lucha; es necesario darles algo". Viernes, plaza Denfert-Rochereau; en momentos en que la manifestación se formaba, discutimos largamente con los otros organizadores para saber lo que se iba a hacer, y a dónde ir. Ya no podÃa tratarse de una simple procesión -los estudiantes no lo hubieran comprendido-, pero tampoco se podÃa buscar deliberadamente el enfrentamiento con la policÃa, porque no se envÃa a la gente a la masacre. Nuestra idea era, entonces, ocupar un lugar pacÃficamente y permanecer allà hasta que nuestras tres reivindicaciones -libertad de nuestros camaradas, retiro de las fuerzas de policÃa del barrio Latino, reapertura de la Sorbona hubieran sido satisfechas.
HabÃamos planeado ocupar el Palacio de Justicia pero las dificultades eran muy grandes. Pensamos también en invadir la plaza Vendome, pero allà estarÃamos en una ratonera. Finalmente emprendimos la marcha hacia el barrio Latino y la policÃa nos dejó pasar. Si hubiera habido alguna barrera policial, no la hubiéramos forzado, porque la consigna era: evitar los enfrentamientos. Hubiéramos ido a ocupar otra zona. En efecto, la policÃa nos canalizó hacia el barrio Latino.

Alcanzado el bulevar Saint-Michel, nos detuvimos; los estudiantes se sentaron y discutimos lo que podÃamos hacer. Luego, cuando remonté a lo alto del bulevar, vi que los estudiantes comenzaban a desmontar el pavimento. Sauvageot estaba allà y le pregunté lo que sucedÃa. Me dijo: "Ocupamos el barrio". Pero nadie habÃa dado la orden de levantar barricadas. Simplemente, algunos estudiantes comenzaron a construir una, entonces todo el mundo se dio cuenta de que era la mejor solución para ocupar un lugar pacÃficamente.
El Jefe de policÃa Grimaud declaró que la operación estaba dirigida por "especialistas de la guerrilla". Es completamente idiota. ¿Qué "especialistas"? ¿De dónde vendrÃan? ¿Dónde se habrÃan formado? ¿Dónde hubo en Francia guerrillas urbanas? Pero el gobierno no puede llegar a imaginar que 15.000 a 20.000 jóvenes pueden, en una semana aprender a realizar manifestaciones, aprender a defenderse y a organizarse. Para él, era preciso que hubiera un cerebro, un plan. El viernes, los estudiantes probaron lo contrario.
No hubo un plan. No habÃa un comando unificado, ningún plan predeterminado de "campo atrincherado". Nosotros nos contentamos con verificar que permaneciera siempre una salida al fondo de saco de la calle Gay-Lussac y que determinadas barricadas no pudieran ser tomadas fácilmente por detrás. Además, fui de barricada en barricada para repetir y explicar la consigna: "Mantenerse firmes pero jamás provocar".
¿Y nosotros?
HabÃa una zona, calle Le Goff, donde los manifestantes se mostraban muy nerviosos, muy agresivos. Fui allà dos veces para calmarlos y dejamos en el lugar dos delegados que se trabaron con ellos en una discusión polÃtica. HabÃa sobre todo dos jóvenes obreros, en esa barricada, y uno de ellos me dijo: "Ustedes tienen sus problemas de estudiantes. Sus "tres puntos" seguramente los conseguirán. Pero nosotros también tenemos nuestros problemas y nos han embromado siempre. Entonces, aunque el gobierno ceda sobre los tres puntos. no den la orden de disolvernos. ¡Es necesario continuar firme, por los otros, por nosotros!"
Era el sentimiento de mucha gente. No podÃamos impedir el pensar de la Comuna. Hasta habÃa quienes escribieron en las 'Paredes: "Viva la Comuna del 10 de mayo". Ya no se trataba sólo de un movimiento de estudiantes. Los otros, los jóvenes obreros, comprobaban que, por primera vez, habÃa una acción real, masiva, contra el régimen y contra el sistema que los oprimÃa. Era lo mismo para los "blousons noirs" que nos acompañaron durante la larga marcha del martes, de Denfert-Rochereau a Etoile. Pregunté a uno de ellos por qué habÃan venido. Me dijo "A ustedes, los policÃas los molestan de tanto en tanto, a nosotros, en todo momento. No podemos hacer nada sin que nos caigan encima y no podemos defendemos porque estamos solos. Hoy somos muchos y podemos hacerles frente" y el hecho de que se encontraran allà marcaba ya una toma de conciencia polÃtica.
Un sonámbulo
La construcción de las barricadas, hasta el momento en que los policÃas atacaban, tenÃa carácter de fiesta. HabÃa una atmósfera extraordinaria. Si la policÃa se hubiera retirado, hubiera habido una formidable explosión de alegrÃa, todo el mundo hubiera celebrado la liberación del barrio y nosotros mismos habÃamos considerado la posibilidad de traer orquestas. Pero a medida que la noche avanzaba, que las barricadas se reforzaban y se multiplicaban, nos dimos cuenta que si la policÃa atacaba, se provocarÃa una masacre. Esa es la razón por la que acepté ir a ver al rector Roche, no para discutir sino para explicarle lo que pasarÃa si la PolicÃa no se retiraba.
Me dirigà hacia allà junto con otros dos estudiantes y tres profesores, Touraine, Lacombe y Mochtane. Frente a la primera barrera de policÃas, el comisario del barrio, dijo: "Que pasen los otros, pero no Cohn-Bendit". Touraine tuvo que insistir largo rato para que me dejaran pasar. Una vez en la Sorbona, Touraine mandó decir a Roche que tres delegados estudiantiles habÃan venido a verlo, sin decir que yo era uno de ellos. Cuando Roche me vio, no dijo absolutamente nada.
Touraine habló primero y luego yo. Dijimos lo mismo: que no se trataba esta vez de un problema puramente universitario. En la calle habÃa jóvenes que levantaban barricadas y que se organizaban para manifestar su rechazo a toda una sociedad. Esos jóvenes estaban dispuestos a la lucha. No era suficiente decir: "Abandonen el barrio tranquilamente Y recomenzarán los cursos". Todo eso habÃa sido sobrepasado.
Que la Sorbona permaneciera cerrada uno o varios dÃas más ya no tenÃa ninguna importancia. La situación era grave y la única manera de evitar que hubiese muertos, era hacer retirar las fuerzas de PolicÃa. Los estudiantes permanecerÃan detrás de sus barricadas y continuarÃan ocupando las calles. ¿Y eso a quién molestaba'? A nadie.
Roche, meneaba la cabeza, diciendo: "SÃ, sÃ, comprendo, 'Voy a tratar de. explicarle al ministro". Telefoneó a Peyrefitte y habló alrededor de media hora, pero regresó sin ninguna respuesta concreta. Touraine también habló con Peyrefitte pero no consiguió mucho más. Nadie parecÃa comprender verdaderamente lo que pasaba. Por lo menos Roche. Como un sonámbulo, no reaccionaba; con un aire lejano decÃa simplemente: "SÃ, sÃ, haré todo lo que esté a mi alcance, pero el gobierno no puede retirar las fuerzas de policÃa".
Nosotros le dijimos: "Baje con nosotros a la calle, bajo nuestra protección. No le pasará nada y podrá darse cuenta por sà mismo del estado de ánimo, de la determinación de esta juventud de la que usted dice que sólo quiere una cosa: pasar tranquilamente sus exámenes". El dijo: "No, prefiero permanecer aquà para tratar de convencer al ministro". Entonces, media hora más tarde, redactó ese comunicado terrible en el que poco más o menos decÃa a los estudiantes: vuelvan a sus casas, ya han hecho bastantes tonterÃas.
Antes de salir, nos empeñamos en gestiones para obtener que los policÃas se retiraran por lo menos detrás de los carros, "para disminuir los riesgos de un choque. Hubo discusiones interminables. Ni siquiera eso estaba dispuesto conceder Peyrefitte sin poner problemas. Era preciso informar a no sé quién, no sé dónde. Entonces le dijimos: "En esas condiciones, no tenemos nada más que hacer aquÃ, asuman sus responsabilidades". En el último momento, Roche nos repitió todavÃa que si decidÃamos retornar pacÃficamente a las clases, el gobierno verÃa con benevolencia la puesta en libertad de los estudiantes detenidos. Era desesperante. Por lo visto o no se daban cuenta de lo que pasaba, o querÃan la masacre.
Cuando salimos comprobé que los policÃas ya habÃan despejado la plaza Edmond-Rostand con granadas lacrimógenas y los estudiantes se habÃan replegado detrás de las barricadas. El ataque comenzó cerca de media hora más tarde, contra la barricada del bulevar Saint-Michel, esquina Royer-Collard, luego contra la 'Primera barricada de la calle Gay-Lussac. Los defensores de la calle Royer-Collard resistieron en forma extraordinaria. La posición era capital ya que si los policÃas pasaban, todos los manifestantes en el extremo de la calle Gay-Lussac quedaban cercados. Fueron ellos quienes resistieron más tiempo, con un coraje inconcebible.
La ayuda de los habitantes
Los policÃas habÃan recibido la orden de evitar el cuerpo a cuerpo, sobre todo por su propia protección, ya que tenÃan miedo. Pero no pudieron evitar siempre el combate directo porque la resistencia de los estudiantes los sorprendió. La consigna era despejar por el gas y avanzar enseguida. El gas es terrible, peor que los golpes de bastones, quizás porque uno no puede defenderse, se siente impotente. Nosotros tenÃamos algunas máscaras antigás que habÃamos distribuido a los militantes porque era absolutamente necesario que nos mantuviéramos firmes para no dejar a los estudiantes solos, sin consignas. Pero los otros, sin máscaras, combatieron con una energÃa increÃble.
En cierto momento, me dirigà hacia la -primera barricada de la calle Gay-Lussac, atacada desde hacÃa media hora por los gases, y dije a los defensores que quizás deberÃan replegarse. Me respondieron: "Nos mantendremos hasta no poder más".

Era la zona más difÃcil porque la población, en ese punto, no podÃa tirar bastante agua por las ventanas para disolver en parte el gas. Pero en la calle Mouffetard, por ejemplo, la barricada se mantuvo hasta el final y los policÃas no pudieron tomarla hasta que finalmente llegaron por atrás. Los habitantes de la calle tiraban agua sin cesar y el gas se disipaba al cabo de pocos minutos.
Los gases utilizados contra nosotros -los quÃmicos lo comprobaron y los servicios de la jefatura de policÃa lo reconocieron- eran gases de combate del mismo tipo que los utilizados en Vietnam y en los Estados Unidos contra los negros. Ese gas quema gravemente los ojos y los pulmones. Los policÃas lo sabÃan ya que dejaban de enviar los gases en el momento de avanzar. Pero los estudiantes retornaban entonces a menudo, para recuperar posiciones y recomenzaban a tirar adoquines. En muchos casos, los policÃas debieron retroceder.
ParÃs "ciudad neutral"
Se ha discutido mucho sobre el origen de los incendios. En efecto, hubo en las barricadas automóviles volcados cuya gasolina corrÃa y fue inflamada por las granadas de la policÃa. Y hubo también automóviles voluntariamente incendiados por los manifestantes para retardar el avance de los policÃas.
Lo que sucedió el viernes, lo que sucedió durante toda la semana, no lo habÃamos previsto, y menos aun premeditado, ya que no imaginábamos que el gobierno se entregarÃa a provocaciones tan estúpidas. Fue el rector Roche quien desencadenó todo haciendo entrar a la policÃa en la Sorbona, el viernes 3 de mayo. Después, los estudiantes reaccionaron espontáneamente y ya no hubo manera de detener el movimiento ni aunque nosotros mismos lo hubiésemos querido.
El gobierno pretendió hacer creer que nuestras manifestaciones eran provocadas por agitadores que buscaban sabotear las negociaciones norteamericano-vietnamitas que acababan de iniciarse en ParÃs, bautizada por esa circunstancia "capital de la paz". Yo diré, ante todo, que el hecho de declarar a ParÃs "ciudad neutral" es una 'Provocación. Vemos en esto una muestra de toda la hipocresÃa gaullista, que consiste en dejar entrever que se está del lado de los vietnamitas, sin decirlo abiertamente e impidiendo a la gente demostrarlo. Pero ParÃs no es "neutral". Aunque no hubiese existido la crisis universitaria de la semana pasada, los jóvenes hubieran ganado la calle para manifestar su solidaridad con los vietnamitas. Ellos lo hubieran hecho pacÃficamente, desde luego, sin intentar tomar por asalto la avenida Kléber o echar a los norteamericanos de su hotel.
Todos los estudiantes que participaron en las manifestaciones el viernes y los dÃas precedentes, están con los vietnamitas. Pero nadie pensó en ningún momento en llevar las manifestaciones al barrio donde tienen lugar las negociaciones.
Nuevos objetivos
Las autoridades pretendieron también que nosotros estábamos "manejados" por los "pro-chinos" que sostenÃan la necesidad de entorpecer una negociación que PekÃn no aprobaba. Eso es grotesco. Si hubieran estado bien informados, sabrÃan que los "marxistas-leninistas" pro-chinos no juzgaron oportunas nuestras manifestaciones. Ellos pensaban que nosotros debÃamos, ante todo, ir a los barrios populares para discutir con los trabajadores, explicarles nuestras posiciones y convencerlos de actuar con nosotros. Además, desafÃo a la policÃa a que nombre, entre los organizadores de nuestro movimiento, alguno que sea "pro-chino". No será, seguramente, ni Sauvageot, ni yo, ni ninguno de los que nos rodean.
Ahora, que el gobierno ha dado marcha atrás, que nuestros camaradas detenidos y condenados han sido puestos en libertad, que la Sorbona -hasta nueva orden- ha sido abierta sin estar cercada por la policÃa, ¿qué va a suceder? No lo sé. Quizás nuestro movimiento pierda un poco de la fuerza unitaria que tuvo, durante una semana, en la acción. Pero podrá continuar, explicar polÃticamente lo sucedido, proseguir el cuestionamiento permanente, y fijar nuevos objetivos. De todas maneras, algo habrá cambiado, al menos nuestras relaciones con el partido comunista. Cuando nosotros vayamos, mañana, a las fábricas, para discutir con los obreros, el P.C. no nos podrá echar tan fácilmente.
Es significativo que haya sido la C.G.T., que haya sido el mismo Séguy quien telefoneó primero a la U.N.E.F. para proponer una manifestación común. El tenÃa información, sin duda, sobre el estado de ánimo de la base y se dio cuenta de que los sindicatos no podÃan dejarse desbordar completamente por la acción estudiantil. El P.C. se vio obligado, ahora que los obreros soportaban problemas terribles, que la desocupación se agravaba, a lanzar la orden de huelga general, sin preaviso, al remolque de un movimiento estudiantil. No pudieron hacer otra cosa, pero estaban terriblemente irritados.
Todo el mundo nos pregunta sobre nuestras relaciones con los grupos polÃticos, los sindicatos, los partidos. Es muy simple: unidad completa en la acción, más allá de toda divergencia, con todos aquellos que estén listos a combatir con nosotros. Los partidos y los sindicatos son los que tienen que asumir, entonces, sus responsabilidades. Si ellos se incorporan a nuestra lucha, tanto mejor. Pero nosotros no vamos a incorporarnos a ningún grupo polÃtico, cualquiera que sea. Adherirnos al P.C., por ejemplo, serÃa absurdo, ya que nos "recuperarÃan" muy pronto. Nosotros no vamos a ponernos a proclamar de pronto que el P.C. ha estado siempre en la posición justa y que ha sido el único en sostener nuestras reivindicaciones. Nadie lo comprenderÃa y nadie nos seguirÃa. Ya que el P.C. ha tenido una actitud vergonzosa frente a nosotros. Los más agresivos hacia ellos, estas últimas semanas, estos últimos meses, no fueron los militantes de esos "grupúsculos" como han dicha, -que hoy dÃa están muy acostumbrados a lo que ellos llaman las "traiciones" del P.C., sino los jóvenes que descubrÃan la polÃtica, que se formaban en la acción, y a quienes indignaba la actitud del P.C. Yo he visto a jóvenes obreros desolados por lo que leÃan en "I'Humanité". Al mismo tiempo, hay quienes continúan esperando con una gran ingenuidad: en la noche del viernes, corrió el rumor de que el Partido habÃa enviado 20.000 obreros de las barriadas para sumarse a los estudiantes y tomar por sorpresa a la policÃa. y hubo quien lo creyó.
Una herida interior
El conflicto del Vietnam, volviendo a él, ha contribuido, por lo demás, a hacer visibles las contradicciones de la posición del P.C. Por una parte, el Partido llama a sostener a un pueblo revolucionado que lucha por cambiar radicalmente -en Vietnam del Sur- las estructuras de su sociedad; por otra parte, en Francia sólo promueve vagas reformas y no llama a ninguna acción. las consignas del Partido no tienen, pues, ningún peso sobre los jóvenes, y la mejor prueba son los dolores de cabeza que el P.C. tiene, desde hace mucho tiempo, con sus Juventudes comunistas.
Muchos nos dicen ahora: ustedes obtuvieron resultados, es verdad, pero les costó centenares de heridos y quizás -se terminará por saber- muchos muertos. ¿No significa esto pagar un precio muy alto por sus éxitos? Yo les respondo: no somos nosotros quienes estábamos en posición de decidir si habrÃa heridos y muertos o no. Es el poder. Nosotros mismos fuimos tomados por sorpresa por la increÃble imbecilidad de las autoridades. No habÃamos previsto ninguna demostración de fuerza para la primavera. Según nuestros análisis, todo debÃa desarrollarse el próximo año lectivo. Hasta ese momento, habÃa una situación objetiva -falta de aulas y maestros, desorganización e ineficacia de la enseñanza- que empujarÃan a los estudiantes a la violencia ya que habÃan podido comprobar, el año anterior, que las huelgas y las protestas pacificas no servÃan de nada. La crisis tuvo lugar antes porque el poder mismo la desencadenó. Y, una vez iniciada la marcha, nos vimos obligados a continuar.
No hubo nadie, en el movimiento estudiantil, que deseara la jornada del viernes 3 de mayo, cuando la policÃa invadió la Sorbona. Pero sucedió que los estudiantes, por sà mismos, sin consignas, hicieron frente y combatieron. A partir de ese momento era imposible dar marcha atrás sin causar la impresión de desautorizar a aquellos que en lugar de huir habÃan aceptado el enfrentamiento.
No son los responsables del movimiento quienes decidieron la violencia; son los estudiantes que, espontáneamente, eligieron resistir. Después de eso, era inconcebible que los dirigentes dijeran: "Atención, nos retiramos del juego, esto se pone muy peligroso". El gobierno habrÃa dicho: "Ustedes ven, hasta los dirigentes de extrema izquierda se desentienden de los grupos de exaltados que han actuado el 3 de mayo".
Los dÃas que siguieron, desde luego, hubo todavÃa más heridos, hubo escenas horribles. ¿Pero de qué manera nos podemos considerar responsables? Es el sistema el que es violento, la sociedad misma es violenta. SÃ, nuestra resistencia a la violencia del poder -ya que es él, después de todo, el que envió contra nosotros sus policÃas, armados de garrotes y granadas- provocó muchos heridos. Muchos jóvenes han recibido heridas fÃsicas. Pero los jóvenes obreros, de quienes hablé hace un momento, esos de la barricada de la calle Le Goff, ellos tienen una herida interior quizás mucho más grave. La hipocresÃa burguesa consiste en decir: mejor seguir perpetuando las heridas interiores, que no se ven, que arriesgarse a hacer correr la sangre. Por mi parte, no pienso asÃ. De todos modos, no se nos dejó la elección a nosotros.
Jamás soñamos con lanzar la voz de orden: "Todos a la calle y a la lucha". Nadie nos hubiera seguido. Nosotros pensamos que un movimiento se desencadena cuando una situación objetiva lo justifica y lo motiva. Nosotros pensábamos, ya lo dije, que esta situación objetiva existirÃa el próximo año. La estupidez del gobierno la creó en el mes de mayo: nosotros no tenemos nada que ver.
En efecto, sucedió en ParÃs, en una escala mayor y más rápida, lo que sucedÃa en Nanterre desde hacÃa algunos meses. Cada vez que denunciábamos algo y que una demostración de fuerza se desencadenaba, comprobábamos que un número cada vez mayor de estudiantes se agrupaba a nuestro lado. Porque se daban cuenta de que lo que denunciábamos era cierto y, cada vez, confirmado por los hechos. Nuestro programa,ahora que obtuvimos nuestros primeros triunfos, es simple: no dejar caer el movimiento, continuar explicando, denunciando, actuando.
ParÃs, 12 de mayo de 1968.
Versión de Mario Pellegrini, en el libro La Imaginación al Poder, de Ed. Argonauta (1978)
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